jueves, 20 de agosto de 2026

Al pan bread y al vino wine.

Escribí este texto hace más de diez años, cuando todavía no éramos la tercera capital del mundo de producción de teatro musical, pero lejos de solucionarse la cuestión de nuestro idioma hemos sucumbido a una terrible globalización que ha convertido esta profesión teatral nuestra en un Starbucks y la industria del teatro musical en el ocio de turismo más hortera posible. Qué lejos aquel 1992 en que se molestaron en buscar una palabra que sustituyese a los swings y los llamaron comodines...


He tenido la suerte, o quizá desgracia, no sé cómo definirlo… dejémoslo en circunstancia, de crecer en un ambiente de teatro musical. Ya sabéis, que en casa siempre estaba rodeado de zarzuela, de ópera y de operetas. Que con apenas seis o siete añitos, jugaba entre los cables de los micrófonos en los que mi padre estaba grabando Doña Francisquita, con su adorado, corrijo, nuestro adorado, Alfredo Kraus.
Así que desde muy niño, estuve familiarizado con ese fantástico ambiente de decorados pintados, olor a madera (los teatros ya no huelen así) y estructuras escénicas con esqueleto de remas. Terminé haciendo mi profesión de lo que siempre había visto en casa. Quizá no tuve elección, o muy posiblemente reconocí en este mundo uno de los mejores posibles para invertir una vida en él. Y he ido viendo en primera persona muchos avances del teatro; las estupendas producciones en las que he tenido la suerte de participar del Teatro de la Zarzuela, varios musicales de gran formato… Y es en el musical, en el que ahora me veo inmerso; bueno, en este preciso momento no; recién terminada la gira de La Bella y la Bestia, los proyectos me están llevando por otros derroteros.
Pero no quisiera dispersarme; es del musical de lo que me gustaría hablar. Es innegable, que ha ocupado una parcela importantísima de la vida teatral española. La cartelera se ha llenado de grandes espectáculos, de títulos clásicos de Broadway o West End, y se ha creado un público y una cultura, en la que el espectáculo anglosajón es el sancta-sanctorum.
No me parece para nada mal que hayamos adoptado esta costumbre, aunque sí echo de menos que haya habido una conexión, un puente entre el teatro musical español, que se consumía de manera habitual hasta finales del siglo XX, y esta expresión artística que está dominando los escenarios los últimos veinte años. Así, se está dando el caso, de jóvenes aficionados al teatro musical e incluso intérpretes que conocen más sobre la obra de Alan Menken que sobre la de Francisco Alonso. Y es absolutamente normal, incluso podríamos pensar que lógico.
Las grandes productoras teatrales invierten importantísimas cantidades en producir un espectáculo, con lo que quieren ofrecer al público, los títulos que se barajan en los teatros musicales del mundo. Es obvio que, a día de hoy, sería financieramente peligroso intentar competir con los títulos que hay en la Gran Vía con, por ejemplo, La Corte de Faraón.
Pero me gustaría, y aquí es donde está el meollo de la cuestión, que aunque participemos en estos espectáculos, aunque seamos actores/cantantes de musical, y aunque nuestro sueño sea ver nuestro nombre rodeado de luces de neón en el Minskoff de Nueva York o en el Sondheim Theatre de Londres no perdamos el norte de quienes somos. En cierta ocasión, representando un musical famoso en todo el mundo, la empresa que lo producía había contratado los servicios del equipo creativo original, que se encargaba de montarlo en Madrid con los artistas que íbamos a estrenarlo. Recién empezados los ensayos en el madrileño teatro Lope de Vega, una tarde nos encontramos la tablilla, con los horarios del día siguiente, escrita íntegramente en inglés. Entiendo que había que mantener cierta cortesía con el equipo inglés (que por cierto no guardaba con nosotros) pero aquello me pareció del todo absurdo, y me quejé de lo que yo consideraba una falta de educación, de comunicación, y lo que es peor, de sentido común. Aquello se suplió al momento, afortunadamente. Y conste que soy de los que me gusta hablar con los directores en su idioma, aunque mi inglés no sea todo lo bueno que debería. Pero me parece que podemos presumir de un idioma y una tradición teatral con el suficiente peso específico para no caer en este tipo de cosas.
Durante este tiempo, me he ido encontrando con que ya no nos preparamos tomando clases de canto o interpretación, sino que recibimos coaching o training. El conocimiento de nuestra voz y nuestra garganta no es foniatría u ortofonía, sino voice craft. Los empresarios y directores no convocan audiciones, sino castings, e
scuchamos comentarios de nuestro acting como nice o charming, lo que nos da muy buen feedback y si vuelven a citarte en una segunda ronda, te llaman para el call-back, como su propio nombre indica. 
Una vez que te contratan, ya no formas parte de un reparto, sino de un cast. Si te dan un personaje, eres un principal, y si estás en el coro, perteneces al ensemble. Te citan para distintos ensayos, la italiana es sitz prove y los de posiciones en el escenario son put-ins. Cuando descansamos entre ensayos o entre escenas no nos dejan un cuarto de descanso sino una Green room. Y a punto de estrenar nuestra función, aún tendremos que hacer varios ¿pre-estrenos?, no, pre-views. Lo bueno es que celebramos el éxito y el sold out del estreno, entre risas, en el brunch de la mañana siguiente, aunque el dance captain corregirá alguna posición y nos los imputs pertinentes.
Y así es como estamos, tontos de remate. Me ha tocado discutir con algún compañero, explicándole que para todo eso había un término en español/castellano que lo definía perfectamente. Porque no se utiliza el inglés, en este caso, porque sea necesario el anglicismo, sino por una especie de intoxicación que están sufriendo determinado tipo de profesionales, generalmente desconocedores  de la tradición teatral de la que vienen. Pero claro, a algo hay que agarrarse. Es sencillamente apariencia, porque “mola”.
Confieso que me gusta en rock´n´roll, las hamburguesas, la Coca Cola y los musicales de Broadway, entre otras muchas cosas, pero creo saber quién soy, y me he molestado en curiosear en la historia, lo suficiente como para saber que la Gran Vía, fue un glorioso escaparate teatral mucho antes de que esta generación, que cree haber inventado el teatro, naciera. No hay nada más estúpido que enmascarar la ignorancia con más ignorancia, e intentar ponerte un disfraz que no te vale.
Así que apaguemos las diablas, cerremos el escotillón, subamos el bambalinón hasta el peine, soltemos la larga y fijemos las varas. Alarguemos las patas a la alemana, que llega la luz de la chácena y además aforamos, ¡caramba!
Sentémonos en el palco de alcahueta y disfrutemos de la función.


 
© Enrique R. del Portal, 2013-2026.

jueves, 23 de abril de 2026

Desde el corazón XII.

De nuevo la editorial Diversidad Literaria ha incluido un poema mío en una de sus antologías. 
En este caso el poema TROQUEL en la XII selección de "Versos desde el corazón". 

“ Claro que se me rompió
y a pesar de todo está sanando,
aunque hay tardes que recaigo
y destenso los hilvanes…”



Podéis encontrar el libro aquí: Enlace a tienda.

©® Enrique R. del Portal, 2026

sábado, 21 de marzo de 2026

Acróstica

Bastaba con haber previsto
los distintas consecuencias de mis actos;
observar con más atención tus señales 
que tan claras se ven con el tiempo.
Una ausencia premeditada
en el momento más oportuno,
además de la consideración 
de pensar que tu vida es ya solo tuya
o que siempre lo fue.


©® Enrique R. del Portal, 2025

domingo, 22 de febrero de 2026

El último artesano.

Quería, unos días después del fallecimiento de Antonio Amengual, releer y compartiros este texto que le dediqué hace ya 13 años. Tuvimos la suerte de que poco después pusimos el pie el verdadero HOMENAJE que se merecía, en forma de concierto, espectáculo en el mejor marco que podíamos soñar e intentado rezumar el estilo que caracterizó su forma de dirigir su Compañía Lírica Española. Ahora veo que faltan muchos nombres, os pido disculpas, pero sirvan los que sí están como ejemplo. 
Decía Jesús Castejón, que dirigió el concierto del 13 de mayo de 2017 en el Centro Cultural de la Villa de Madrid y que tantas horas invirtió conmigo y con Salvador Collado  en organizarlo y producirlo, que quedábamos un poco más huérfanos de lo que ya estamos. -Don Rafael, don Enrique, vaya esto con su permiso-


Es mala costumbre en España, homenajear a quien (supuestamente) lo merece, al borde de su vida profesional o personal. Incluso después de su vida, nos sentimos obligados, a ponderar exageradamente los méritos del finado. Solemos acordarnos demasiado tarde de reconocer la valía de nuestros maestros, próceres, héroes… Y no quisiera que se quedara en el olvido, alguien que marcó la vida de muchos profesionales del teatro, durante más de treinta años.

Es de todos conocido mi origen, y mi amor por el género lírico español, la zarzuela; de entre todos los empresarios con los que trabajé, si hay que destacar a alguien por su dedicación, su esfuerzo y entrega a la zarzuela es Antonio Amengual. No es una estrella mediática o conocida por todo el público como lo fue su mentor, Tamayo; quizá cargó, como un referente, con este nombre en toda su vida profesional. Pero no cabe duda de que fue una de las figuras imprescindibles en el mundo lírico español durante la segunda mitad del siglo XX. Y él ha terminado siendo referente a su vez, para toda una generación de cantantes, directores y empresarios.

Antonio Amengual nació en La Línea de la Concepción en 1936. Hijo de la actriz Ana Sillero, desde muy joven, se inicia en distintas labores de administración teatral. En 1957 es ayudante de dirección de José Tamayo, en la Compañía Lope de Vega, hasta 1961 que pasa a la Compañía Amadeo Vives, y se encuentra con el género lírico por el que confiesa haber sentido verdadera pasión. En 1974, emprende su camino en solitario con la Compañía Lírica Española, con la que desarrolla una actividad constante hasta entrado el siglo XXI.

Este escueto apunte biográfico, se puede ampliar hablando de la compañía, en la que tuve la ocasión de trabajar durante quince años. Dicen que fue la típica y digna compañía de repertorio. Ninguno de los dos adjetivos me parece adecuado; ya no es típico encontrar agrupaciones con un repertorio amplio, y en la que su elenco era capaz de representar quince o veinte obras con un par de ensayos de refresco, y digna, me parece que tiene cierto tono condescendiente. Prefiero pensar que era efectiva, eficaz.

Todos los buenos artesanos quieren pensar que son el último de su clase. En el caso de Amengual, se dan ciertos puntos que lo atestiguan. El más importante es quizá el hecho innegable de la decadencia que sufre la lírica en España, a punto de la extinción. Si bien es cierto que como las grandes civilizaciones la Compañía Lírica Española tuvo su época decadente, también gozó de una era dorada. Llevó la Zarzuela a todos los rincones de España dónde se le requería. Actuábamos en teatros, plazas, auditorios, palacios, puentes… Una troupe de cien personas, encabezadas por este hombre y su visión del espectáculo.

Muchos le debemos dedicarnos al teatro. Nos infectó ese virus que es el olor a escenario, y presumía de hacer una verdadera cantera de los integrantes del coro. Por su compañía pasaron primeras figuras de la lírica,  Dolores Cava, Carmen González Judith Borrás, Paloma Mairant, Josefina Meneses, Mari Carmen Plaza Guadalupe Sánchez, María Dolores Travesedo, Milagros Martín, Miguel de Alonso, Ricardo Jiménez, José Manzaneda, Ricardo Muñiz, Tomás Álvarez, Carlos Marín, Luis Cansino,  Jesús Castejón, David Muro, Miguel de Grandy, y un largo y meritorio etcétera, pero también sirvió de escuela para nuevos profesionales, y muchos comenzaron en ella una fructífera carrera. En una representación de “Katiuska”, de Pablo Sorozabal, en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, ahora teatro Fernando Fernán Gómez, comentaba emocionado que la primera línea de personajes solistas en el concertante del primer acto; Katiuska, Sergio, Boni, Olga, Tatiana, Brunovich, Pich, éramos todos antiguos integrantes del coro. Y es cierto que Amengual tenía la costumbre de cerrar filas. Le gustaba que su compañía, fuera “su compañía”. Trabajar fuera de ella, no era algo muy de su agrado, y tenía que transigir, de mala gana, con los que intentábamos abrirnos camino, en otras formaciones, incluso en otros géneros. Pero fue comprendiendo que no podía monopolizar nuestro trabajo, y terminó “compartiendo” sus fichajes. Es sintomático que muchas figuras de su compañía, terminaron formando sus propias empresas, siendo a su vez, depositarios de una llama, que se ha ido apagando hasta casi desaparecer. 

No todo eran risas. Don Antonio era duro y estricto en la dirección de su compañía. En él se resumían, el empresario, el director y el administrador de su empresa. Gozaba, y todavía goza, de una excelente memoria, (posiblemente hubiera sido el mejor regidor de España) que le permitía gestionar todos esos departamentos sin grandes problemas. Personalmente le recuerdo en las reuniones en su despacho, para discutir las condiciones económicas de cada año, y siempre reinaba en nuestras discusiones la cordialidad y el sentido común. Pero sobre todo le recuerdo en los ensayos. Amengual era un director con una obsesiva afición a repasar una y otra vez las funciones a representar. Sabía de memoria cada papel, y exigía la misma disciplina a todos los integrantes de la compañía. Es cierto que era un hombre nervioso, que trataba a sus artistas con cierto “aire marcial”. Apasionado por su trabajo hasta lo indecible. Capaz de emocionarse con una romanza de soprano y enfrascarse en una airada discusión con un primer actor en una fracción de segundo. Un poco chapado a la antigua, clásico, como le gusta a él decir. Nos hablaba siempre de su admiración por Brecht, Casona o Placido Domingo. Le costaba un esfuerzo titánico delegar en alguien cualquier trabajo y era proverbial su desconfianza por las nuevas tecnologías, si hasta evitaba utilizar los intercoms… Pero creo que todas sus peculiaridades y su carácter, imprimieron en nosotros una forma de ver nuestro trabajo y un respeto por el escenario, que más tarde nos ha servido como guía en nuestras carreras.

Seguramente Amengual también tuvo su parte de culpa en la decadencia del género. Todos la hemos tenido, como yo mismo reconocía en el post “Me gusta la Zarzuela”. Pero si a día de hoy, sopesamos lo bueno y lo malo que hizo por el género, queda mucho más de lo primero, y prueba de ello es la gratitud y el afecto con el que los antiguos compañeros y profesionales del teatro hablamos de él, o con él cada vez que le reencontramos en algún estreno teatral.  

Me gustaría equivocarme pensando que es el último gran empresario de zarzuela. Que alguien recogerá el testigo, a punto ya de ser olvidado. Pero la realidad se impone, y el gusto del público manda en la cartelera. Una estirpe desaparece con él,  una manera de entender el teatro, la “vieja escuela”, con todo lo que esto significaba, y los grandes, los primigenios dinosaurios, dan paso a nuevas especies, nuevos tiempos,  nuevos horizontes.

Aunque a veces, disfrutando de un paseo, encuentro en un rincón un pequeño taller en el que un artesano trabaja restaurando con prolijo cuidado un mueble de mimbre, o en una verbena me quedo embelesado oyendo un chotis que resuena chulón en un organillo, y pienso: quizá no esté todo perdido.



© Enrique R. del Portal 2013-2026

viernes, 16 de enero de 2026

Que te vas

Dispón los objetos cotidianos  a conciencia,
una brizna de laca sobrevolando tu ausencia,
mientras tu corazón se vuelve esmeralda, 
que te vas.

Déjame un guardapelo aunque vacío,
que nadie extrañe tu cuidado y tu esmero,
una mano en la espalda mientras me atusas,
que te quiero.

Deja las horquillas en equilibrio,
comparte la última sonrisa que se refleja,
no mires atrás, ni esperes. Ya.
Que te vas.


©® Enrique R. del Portal, 2025


viernes, 2 de enero de 2026

Micropoema #42

Nunca fui más feliz
que en aquel instante
justo antes de ser feliz.


©® Enrique R. del Portal, 2018-2025

viernes, 26 de diciembre de 2025

Tragedias poéticas X.

La editorial Diversidad Literaria ha incluido mi poema “ Micropoema #74” en la décima selección de Tragedias Poéticas. 

“ Ya nada me salvaría de ti,
ya ni tú…”

Podéis encontrar el libro aquí: Enlace a tienda.

©® Enrique R. del Portal, 2025

Al pan bread y al vino wine.

Escribí este texto hace más de diez años, cuando todavía no éramos la tercera capital del mundo de producción de teatro musical, pero lejos ...