Quería,
unos días después del fallecimiento de Antonio Amengual, releer y compartiros
este texto que le dediqué hace ya 13 años. Tuvimos la suerte de que poco
después pusimos el pie el verdadero HOMENAJE que se merecía, en forma de
concierto, espectáculo en el mejor marco que podíamos soñar e intentado rezumar
el estilo que caracterizó su forma de dirigir su Compañía Lírica Española.
Ahora veo que faltan muchos nombres, os pido disculpas, pero sirvan los que sí
están como ejemplo.
Decía Jesús Castejón, que dirigió el concierto del 13 de mayo de 2017 en
el Centro Cultural de la Villa de Madrid y que tantas horas invirtió conmigo y con Salvador Collado en
organizarlo y producirlo, que quedábamos un poco más huérfanos de lo que ya
estamos. -Don Rafael, don Enrique, vaya esto con su permiso-
Es mala costumbre en
España, homenajear a quien (supuestamente) lo merece, al borde de su vida
profesional o personal. Incluso después de su vida, nos sentimos obligados, a
ponderar exageradamente los méritos del finado. Solemos acordarnos demasiado
tarde de reconocer la valía de nuestros maestros, próceres, héroes… Y no
quisiera que se quedara en el olvido, alguien que marcó la vida de muchos
profesionales del teatro, durante más de treinta años.
Es de todos conocido mi
origen, y mi amor por el género lírico español, la zarzuela; de entre todos los
empresarios con los que trabajé, si hay que destacar a alguien por su dedicación,
su esfuerzo y entrega a la zarzuela es Antonio
Amengual. No es una estrella mediática o conocida por todo el público como
lo fue su mentor, Tamayo; quizá cargó, como un referente, con este nombre en
toda su vida profesional. Pero no cabe duda de que fue una de las figuras
imprescindibles en el mundo lírico español durante la segunda mitad del siglo
XX. Y él ha terminado siendo referente a su vez, para toda una generación de
cantantes, directores y empresarios.
Antonio
Amengual
nació en La Línea de la Concepción en 1936. Hijo de la actriz Ana Sillero, desde muy joven, se inicia
en distintas labores de administración teatral. En 1957 es ayudante de
dirección de José Tamayo, en la Compañía
Lope de Vega, hasta 1961 que pasa a la Compañía Amadeo Vives, y se encuentra
con el género lírico por el que confiesa haber sentido verdadera pasión. En
1974, emprende su camino en solitario con la Compañía Lírica Española, con la que desarrolla una actividad
constante hasta entrado el siglo XXI.
Este escueto apunte biográfico,
se puede ampliar hablando de la compañía, en la que tuve la ocasión de trabajar
durante quince años. Dicen que fue la típica y digna compañía de repertorio.
Ninguno de los dos adjetivos me parece adecuado; ya no es típico encontrar agrupaciones con un repertorio amplio, y en la que
su elenco era capaz de representar quince o veinte obras con un par de ensayos
de refresco, y digna, me parece que
tiene cierto tono condescendiente. Prefiero pensar que era efectiva, eficaz.
Todos los buenos artesanos
quieren pensar que son el último de su clase. En el caso de Amengual, se dan
ciertos puntos que lo atestiguan. El más importante es quizá el hecho innegable
de la decadencia que sufre la lírica en España, a punto de la extinción. Si
bien es cierto que como las grandes civilizaciones la Compañía Lírica Española tuvo su época decadente, también gozó de
una era dorada. Llevó la Zarzuela a todos los rincones de España dónde se le
requería. Actuábamos en teatros, plazas, auditorios, palacios, puentes… Una troupe
de cien personas, encabezadas por este hombre y su visión del espectáculo.
Muchos le debemos dedicarnos
al teatro. Nos infectó ese virus que es el olor a escenario, y presumía de
hacer una verdadera cantera de los integrantes del coro. Por su compañía
pasaron primeras figuras de la lírica, Dolores
Cava, Carmen González Judith Borrás, Paloma Mairant, Josefina Meneses, Mari
Carmen Plaza Guadalupe Sánchez, María Dolores Travesedo, Milagros Martín, Miguel
de Alonso, Ricardo Jiménez, José Manzaneda, Ricardo Muñiz, Tomás Álvarez, Carlos
Marín, Luis Cansino, Jesús Castejón,
David Muro, Miguel de Grandy, y un largo y meritorio etcétera, pero también sirvió de escuela para nuevos
profesionales, y muchos comenzaron en ella una fructífera carrera. En una representación
de “Katiuska”,
de Pablo Sorozabal, en el Centro
Cultural de la Villa de Madrid, ahora teatro Fernando Fernán Gómez, comentaba
emocionado que la primera línea de personajes solistas en el concertante del primer acto; Katiuska, Sergio, Boni, Olga, Tatiana,
Brunovich, Pich, éramos todos antiguos integrantes del coro. Y es cierto
que Amengual tenía la costumbre de
cerrar filas. Le gustaba que su compañía, fuera “su compañía”. Trabajar fuera
de ella, no era algo muy de su agrado, y tenía que transigir, de mala gana, con
los que intentábamos abrirnos camino, en otras formaciones, incluso en otros
géneros. Pero fue comprendiendo que no podía monopolizar nuestro trabajo, y
terminó “compartiendo” sus fichajes. Es sintomático que muchas figuras de su
compañía, terminaron formando sus propias empresas, siendo a su vez,
depositarios de una llama, que se ha ido apagando hasta casi desaparecer.
No todo eran risas. Don
Antonio era duro y estricto en la dirección de su compañía. En él se resumían,
el empresario, el director y el administrador de su empresa. Gozaba, y todavía
goza, de una excelente memoria, (posiblemente hubiera sido el mejor regidor de
España) que le permitía gestionar todos esos departamentos sin grandes
problemas. Personalmente le recuerdo en las reuniones en su despacho, para
discutir las condiciones económicas de cada año, y siempre reinaba en nuestras
discusiones la cordialidad y el sentido común. Pero sobre todo le recuerdo en
los ensayos. Amengual era un director con una obsesiva afición a repasar una y
otra vez las funciones a representar. Sabía de memoria cada papel, y exigía la
misma disciplina a todos los integrantes de la compañía. Es cierto que era un
hombre nervioso, que trataba a sus artistas con cierto “aire marcial”. Apasionado
por su trabajo hasta lo indecible. Capaz de emocionarse con una romanza de
soprano y enfrascarse en una airada discusión con un primer actor en una
fracción de segundo. Un poco chapado a la antigua, clásico, como le gusta a él
decir. Nos hablaba siempre de su admiración por Brecht, Casona o Placido Domingo. Le costaba un esfuerzo
titánico delegar en alguien cualquier trabajo y era proverbial su desconfianza
por las nuevas tecnologías, si hasta evitaba utilizar los intercoms… Pero creo que todas sus peculiaridades y su carácter,
imprimieron en nosotros una forma de ver nuestro trabajo y un respeto por el
escenario, que más tarde nos ha servido como guía en nuestras carreras.
Seguramente Amengual también
tuvo su parte de culpa en la decadencia del género. Todos la hemos tenido, como
yo mismo reconocía en el post “Me gusta la Zarzuela”. Pero si a
día de hoy, sopesamos lo bueno y lo malo que hizo por el género, queda mucho
más de lo primero, y prueba de ello es la gratitud y el afecto con el que los
antiguos compañeros y profesionales del teatro hablamos de él, o con él cada
vez que le reencontramos en algún estreno teatral.
Me gustaría equivocarme
pensando que es el último gran empresario de zarzuela. Que alguien recogerá el
testigo, a punto ya de ser olvidado. Pero la realidad se impone, y el gusto del
público manda en la cartelera. Una estirpe desaparece con él, una manera de entender el teatro, la “vieja
escuela”, con todo lo que esto significaba, y los grandes, los primigenios
dinosaurios, dan paso a nuevas especies, nuevos tiempos, nuevos horizontes.
Aunque a veces, disfrutando
de un paseo, encuentro en un rincón un pequeño taller en el que un artesano
trabaja restaurando con prolijo cuidado un mueble de mimbre, o en una verbena
me quedo embelesado oyendo un chotis que resuena chulón en un organillo, y
pienso: quizá no esté todo perdido.
© Enrique R. del Portal 2013-2026