jueves, 28 de julio de 2022

Década prodigiosa


“A veces nos ilusiona un reencuentro. Nos acercamos por las verdes esquinas que solíamos. Procuramos mirar de igual modo, caminar de igual modo, sentir lo mismo. Inútil: ya no somos los que éramos. O, lo que es peor cada uno ha leído el común pasado de una forma distinta; es decir ya ni siquiera fuimos lo que fuimos. Hermético, el pasado nos rechaza: no tuvimos en él qué compartir; no hay reencuentro. Y cada cual se lleva lo que aportó, aunque no como lo aportó, sino gastado y desteñido, lo mismo que un regalo que alguien no aceptara y la lluvia y el tiempo ajaron luego”

La Regla de Tres  –Antonio Gala-

 

Reconozco mi desconfianza en los revivals. Tiene parte de encanto, y mucho de morbo, revisitar lo que ya viviste o disfrutaste, pero creo que se esconde una oscura dolencia de nuestro espíritu, una irresistible tendencia a no cortar ligaduras con el pasado. Y mira que soy de los que se regodea a menudo en la nostalgia, pero analizándolo con frialdad,  no me fío de mí mismo cuando buceo en esos sentimientos, cuando me pierdo en lo que fue o en lo que pudo ser.

Así me sucede, que cuando se puso de moda hace ya algunos años, todo lo relacionado con los ochenta, disfruté de lo lindo reconociéndome en las canciones que volvían a sonar, en aquellos maquillajes pretendidamente provocadores,  en aquellos peinados de colores, en las crestas, y en las camisas cruzadas. Reconozco que lo eché de menos otra vez; curiosa sensación, como de volver a perder lo perdido, pero la alerta volvió a saltar, y de nuevo desconfiaba de mis gustos.

Pero hay que entender que es lógico el apego que tenemos a la época en la que descubrimos la vida que nos rodeaba. En mi caso, como os digo, fue la década de los ochenta en Madrid. Mitificada hasta el extremo, manida y manipulada. Denostada por unos y amplificada por otros. Para mí, he de reconocer y confesar que fue mi década prodigiosa. No sé si mejor o peor que otras; quizá la Movida Madrileña fue una chispa que duró un instante,  un fulgor momentáneo de cuyo resplandor vivieron muchos vivillos. Quizá sea así, pero yo estuve allí con 17 años, descubrí las noches, la música, el sexo, el amor, la ilusión mezclada con angustia de recibir la citación que me llevaba a filas, la amistad, la esperanza, la frustración…

Mis primeros conciertos, que creo recordar que fueron de Glutamato Ye-Ye, Los Elegantes, Alarma!!!, Franco Battiato, o de Radio Futura, o quizá de The Police. O aquel de la Banda Municipal, en la plaza de Chamberí dirigido por Pablo Sorozábal. La primera vez que vi una representación de Luces de Bohemia, de Valle Inclán,  Historia de una Escalera, de Buero Vallejo. La Fille du Régiment, de G. Donizetti,   o  Isabel Reina de Corazones, de López Aranda. Las tardes de doble sesión en los cines del barrio, las películas de George Lucas y Steven Spielberg. Aquella sensación al salir del Cine Avenida de ver Blade Runner, de Ridley Scott,  y mirar a mis amigos Michel y Antonio sin saber qué decir, enmudecidos de la emoción. Fueron por aquel entonces mis primeros escarceos con aquella inafinable guitarra Bellwood, espantosa imitación de una Fender Telecaster. Las primeras canciones que me atreví a bosquejar, la primera vez que toqué en directo, con el grupo Línea 5, junto a Marcos al bajo y Jesús a la batería, en aquel Festival de la Canción Blanca de San Sebastián Mártir en el que nos descalificaron por poco píos.  La primera vez también que subí a un escenario a cantar zarzuela. Los primeros libros que leí y comenzaron a dejar poso, y que me llevaron a unos que a su vez me condujeron a  otros, también los leí en aquellos días. Cómo olvidar  El Centauro en el Jardín de Moacyr Scliar, El Hobbit, de J.R.R. Tolkien, La Verdadera Historia del Hombre Elefante, Joseph Merrick, de  Michael Howell y Peter Ford, Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez,  It, de Stephen King, Fundación, de Isaac Asimov, Más Allá del Bien y del Mal, de Sewel Stokes, o los versos de Neruda y de Mallarmé que le leía a Nieves Mora Ariza mientras me robaba el corazón entre las columnas del claustro del instituto San Isidro, y tantos, tantos otros. Todo empezaba entonces, no debéis extrañaros de que me esté pudiendo la lágrima del  recuerdo al gesto adusto de la  prudencia.

En la película de 1993 Una Historia del Bronx, dirigida por Robert de Niro, con guión de Chazz Palminteri, el personaje de éste último, el gánster Sonny, le dice a su protegido Calogero:

“En la vida de un hombre hay tres grandes amores, y aparecen cada diez años aproximadamente. Yo tuve los tres en el mismo año”.

Yo siento algo parecido con esta década. Es como si todo hubiera sucedido entonces, como si crecer y seguir con la vida, hubiera supuesto una repetición y no un nuevo descubrimiento. Como si al empezar a vivir, hubiera dejado de vivir.  Que al recorrer los lugares (los que quedan en pié) que frecuentaba entonces, es ahora cuando parecen recuerdos, sombras en blanco y negro, y la imagen de entonces fuese la verdadera. Dice mi amigo el tenor Mario Rodrigo, que lamenta enormemente no poder ver una película que le haya gustado, de nuevo por primera vez. Brillante. Y creo que eso es lo que me sucede con toda la vida en general. Quizá debamos acostumbrarnos a perder esa sensación de que las cosas están descubriéndose, y disfrutar de lo que ya conocemos. Y posiblemente por eso no dejo de desconfiar de ese sentimiento por mucho que me inunde de agridulce ternura, y me haga cerrar los ojos y sonreír, recordando aquella chaqueta de la que presumía y que hoy no me atrevería a llevar (tampoco me valdría).

Dudo de la sana intención de todos los grupos que han vuelto a reunirse para desgranar sus éxitos de entonces. Entiendo que tienen que llenar la nevera, y que lo tienen fácil, con todos nosotros,  los que recordamos aquellos días, aquellas canciones en El Penta, en La Vía Láctea,  en El Sol, en La Bobia, en El Kway, en Cayetano, en La Trainera, en Universal o en Rockola. Pero no se puede volver atrás, nada tiene el mismo sonido, ni el mismo color.

Dos años  antes de fallecer Antonio Vega, su grupo Nacha Pop iniciaba una gira, en la que grabaron un CD en directo y un DVD de su concierto en Madrid. Tanto la gira como la grabación del concierto tenían el título de Reiniciando 80-08, en clara alusión a aquel mítico Nacha Pop 80-88 grabado en directo en la sala Jácara, y haciendo patente una declaración de principios. Pero por mucho que quisieran reinventarse, no hacían sino revivir aquel pasado glorioso al que pertenecían, y no dejaba de ser como pintar un cuadro ya expuesto.

Ahora que afronto la vida con algo de experiencia, y que me involucro en nuevos proyectos deseando que me provoquen una sensación parecida o, al menos, tan intensa como aquellas propias de la bisoñez, me gustaría guardar algo de equilibrio entre mi natural cariño a las imágenes del pasado, y la certera sospecha de que sólo mirando hacia delante podré disfrutar de nuevos descubrimientos. Prefiero no cometer el error de Nacha Pop y grabar de nuevo el mismo disco que, a pesar de todo, por supuesto compré.

 

© Enrique R. del Portal, 2013-2022



jueves, 14 de julio de 2022

Huevos fritos


“A Nati, mi madre”


Siempre me he preguntado por qué unas comidas nos gustan y otras no, o la misma comida no gusta de la misma forma a distintas personas, o, incluso, por qué un sabor deja de gustarnos en algún momento de la vida y, por el contrario, descubrimos en un momento dado que algún alimento, ahora nos entusiasma.

Sí, ya sé que hay cientos de estudios sobre la percepción, sobre los sentidos, acerca de nuestras papilas gustativas y nuestra pituitaria. Son interesantísimos los trabajos sociológicos de los alimentos, y recuerdo que me entusiasmo la lectura de  “Bueno para comer; enigmas de alimentación y cultura” de Marvin Harris. Pero la teoría que tengo al respecto, bueno, no mía sino con la que estoy de acuerdo, es la conexión que hay entre el sabor de la comida y la felicidad, expresada sabia y poéticamente, por ejemplo, por Antonio Gala en el relato “Mejillones” o Joaquín Sabina en la canción “Pero qué hermosas eran”

Uno de mis primeros recuerdos es el patio que tenía la casa de mis padres. Un solar entre cuatro bloques de domicilios de un barrio obrero, donde los niños formábamos pandillas y hacíamos de aquel espacio una isla desierta por conquistar, un palacio asediado o un páramo de un planeta lejano.

La ventana de la cocina donde mi madre trajinaba daba a este patio, y le proporcionaba –y a las madres de mis amigos también- la tranquilidad de tenernos a la vista, mientras nosotros disfrutábamos de nuestros juegos infantiles, ese ratito que robábamos entre la salida del colegio y la hora de la comida. Todavía quedaba lejos la calle, alejarse del hogar.

También facilitaba que estuviéramos siempre disponibles a la llamada materna. Nunca podré olvidar la voz de mamá desde la ventana diciendo -¡Quique!- No había que preguntarse más ni dudar un momento; todo estaba dispuesto, la mesa puesta y había llegado la hora de comer. Aunque con cierta reticencia, porque significaba que iba llegando la tarde y había que volver al “cole”, no podíamos tardar. Y llegar a casa después del juego, siempre suponía que tenía asegurado un festín, alguna delicia con la que mi madre me regalaba el paladar, seguro.

Mamá era una mujer muy de su casa, me encantaba como cocinaba. Hija de una época en la que dedicarse a las tareas domésticas y no trabajar fuera de casa era muy habitual, incluso entre mujeres jóvenes. Tenía los estudios básicos, pero era muy avispada, y de una habilidad especial para la administración de la casa. Me inculcó valores esenciales y procuró siempre que yo fuera bueno, aunque no siempre lo consiguió.

Amaba por encima de todas las cosas a mi padre. Acompañarle en sus actuaciones, formar parte de las compañías donde cantaba, e incluso alguna vez, colaboró  en alguna de ellas, estando en el coro, haciendo figuración o ayudando en la sastrería. Más tarde, cuando hice del teatro también mi profesión, le encantaba igualmente venir a verme cantar. Acompañarme en el camerino y presumir con los compañeros de “mamá del artista”.

Era tierna, celosa de sus sentimientos y dada a las demostraciones de cariño, Le costaba hacer regalos sin un motivo justificado, pero cuando lo hacía intentaba agradar al agasajado, aunque siempre ajustaba el precio de sus gastos…

Recuerdo el primor con que cuidaba sus manos. Todas las tardes, una vez terminada la tarea, se arreglaba cuidadosamente para pasear, o ir a buscar a mi padre al teatro, o pasar un rato con las esposas de otros cantantes. Y siempre procuraba al salir de casa, untarse un poco crema Nivea para suavizar las manos, cansadas de tanto cacharro en la cocina, de tanta limpieza, y casi siempre perfumadas de lejía. Nunca olvidaré ese olor.

Tenía una acentuada sensibilidad que le hizo sufrir mucho en la vida. Tanto en su relación sentimental con mi padre, como en el trato con los amigos, o la familia. Con un gran sentido de la equidad, que acentuaba cualquier menosprecio que recibiese, aunque fuera involuntario.

En nuestra turbulenta relación familiar padre-madre-hijo (esto daría para un libro entero…), logré algo que había creído imposible. Los dos últimos años que vivió conseguí que estableciésemos una “relación civilizada” con mi padre y su segunda esposa. Llegaron incluso a visitar, estando ya mamá muy enferma, su casa, y pasar una tarde merendando con ella y conmigo.  Muestra de su ternura y su enfebrecido romanticismo es que lo último que le dijo a mi madrastra fue –Cuídalo por mí- refiriéndose a mi padre, claro. Es una verdadera lástima, y quizá uno de mis mayores fracasos, que aquellos desvelos por mantener esa familia unida terminasen en nada, y ahora que me faltan los dos, tengo claro que no se puede obligar a nadie a querer, y que hasta las relaciones familiares pueden ser tóxicas si no se purgan todos los conflictos del pasado. 

No dejo de pensar en ella. Y no puedo evitar que se asome  a mis labios una sonrisa, porque aunque la extrañe como a nada en la vida, su recuerdo me llena de felicidad y me obliga a intentar que se sintiera orgullosa de mí. Otra cosa que no estoy seguro de conseguir.

Ya hace cinco catorce que nos dejó. Aquel día estuvo rodeada de un puñado de gente que la queríamos, y una de sus últimas miradas fue con especial cariño a su cuñado, el esposo de su hermana Tere; mi querido tío Julián, del que yo siempre sospeché que estuvo un poco enamoriscada… En mi torpeza y nerviosismo procuré que tuviera una buena muerte, que sufriera lo menos posible, y la susurré que debía marchar en paz. Creo que lo consiguió, y aunque no creo en lo sobrenatural me gusta pensar que, de alguna forma, me acompaña y me cuida. Su memoria al menos lo hace.

Conservo infinidad de recuerdos, os lo podéis imaginar, todos tenemos madre…. Y me gusta potenciar los buenos y los alegres, y obviar los menos agradables, que son muy pocos. Pero si la felicidad tuviera forma, muy probablemente sería aquel patio de la calle Castro de Oro, la panda que formábamos  Pablo, Michel, Josete y yo jugando a la batalla de “La Isla del Fin del Mundo” y en medio de una escaramuza, la voz de mamá avisándome de la hora del rancho. Subir corriendo la escalera,  con la ropa llena de polvo, y después de una mirada de dulce regaño escuchar: –Anda Quique, que hoy te he hecho la comida que más te gusta-

Ya sabéis cual es, ¿no?


© Enrique R. del Portal, 2013-2022.


miércoles, 13 de julio de 2022

Paseante en Corte

 

“No se acaban las calles, no terminan de pasar”

-Nacha Pop-

 

Hoy me gustaría perderme. Perderme por las calles de Madrid. Buscar a cada momento una ruta que me lleve a un rincón desconocido o ya transitado, a una calleja oculta entre nuevas edificaciones.

Empezar, por qué no, en la Puerta del Sol. Junto a  la marquesina de la parada de la línea 17 del autobús. Cruzando la calle, en la acera de La Casa de Correos, mirar al oeste, y ver la silueta de San Ginés, recortándose sobre la calle Arenal.  Enfilar dirección a la calle Postas, para desembocar en la Plaza Mayor. Rodeado de gente de todo el mundo, galdosiano espectador de la vida, en vez de protagonista de la mía.

Decido bajar por la calle Toledo, y veo al fondo las torres de San Isidro, y junto a la colegiata, las ventanas del instituto. Acercarme,  entrar al claustro, mirar el silencio e imaginar que vuelvo a ser aquel estudiante. Han quitado la cantina, donde tantos cafés tomé.

Encaminarme hacia la calle San Bruno y desembocar en Grafal para girar a la derecha y llegar a Puerta Cerrada, donde empieza la calle Segovia, que me invita a descender hacia el río.  Seguir la cuesta y encontrar a la derecha el pasaje del Obispo, con la basílica de san Miguel al fondo. Un poco más abajo, a la izquierda, la escalinata de la travesía del Nuncio y a la derecha las calles del Doctor Letamendi, donde se encuentra la casa de Iván de Vargas donde vivió San Isidro,  y la del Cordón. A una manzana escasa está la plazuela de San Javier, donde Moreno Torroba, Federico Romero y  Guillermo Fernández-Shaw sitúan la acción de “Luisa Fernanda”, 

De este apacible rincón de Madrid,  
donde mis años de mozo pasé, 
una mañana radiante partí 
sin más caudal que mi fe… 

A la derecha se encuentra la fuente de las Vistillas, en el rincón de la plaza de la Cruz Verde.

Seguir descendiendo y encontrar, casi de pronto, el  viaducto de la calle Bailén, majestuoso, como un monstruo ancestral, pasar bajo él, no sin un poco de impresión. Dejando atrás a la izquierda la casa del Pastor, desviarme a la derecha, para coger la vereda  de los jardines del Emir Mohamed I que me lleva a la Cuesta de la Vega junto a La Almudena. Bajar por las cuestas que rodean los jardines de Boccherini. Llegar al paseo de Plasencia, que recorre el parque de Atenas, para atravesarlo y llegar al pequeño jardín infantil donde de niño, me traía mi padre a montar en los columpios.

Ahora estoy en Virgen del Puerto. A la derecha la verja de un jardín. Ojalá esté abierto.

Caminar despacio, en dirección a Príncipe Pío. Llegar a la puerta del Campo del Moro, y admirar la vista de la fachada oeste del Palacio Real. No es un lugar  demasiado conocido, pero  es un remanso en el ajetreo de la ciudad. Aquí parece que el rumor constante de la ciudad disminuye.  Entrar y pasear, como tantas veces, alejándome por un momento de la realidad. Acercarme a la rosaleda y robar una flor, para regalársela a uno de esos amores entre la niñez y la adolescencia que nos dejaron las marcas, que son tan nuestras como la geografía de nuestra piel. Rodeando el Chalecito de la Reina llegar hasta el mismo límite del Palacio. Ahora en obras por la construcción del Museo de Colecciones Reales, justo donde un día hubo una rocalla artificial, junto al estanque de la Cascada.

Saliendo del Campo del Moro, girar a la derecha y enfilar hacía la glorieta de San Vicente, para dirigirme hacia Plaza de España por la cuesta de San Vicente. Al llegar al cruce con la calle Bailén, dejando a la derecha los jardines de Sabatini, cambiar de rumbo, para dirigirme al parque del Templo de Debod, y recorrer todo el perímetro de la montaña del Príncipe Pío, por una senda, apenas dibujada,  que hay entre los arbustos, en paralelo a la calle Irún. Un paraje que todavía conserva el olor de mi juventud, de juegos y escapadas. El camino de los amigos lo llamo, como en el poema Memoria de Árboles;

En ese lugar arañamos nuestros nombres,
en aquella vieja acacia que resistía
los embates de la contaminación.
Y tanto creció la ciudad
que se llevó la sombra de vuestros nombres y el mío.

La tarde ya empieza a declinar. Mirar, ahora ya a lo lejos, el puente de Segovia, y más allá, hacía el sur, el comienzo de Carabanchel. Continuar por las escaleras del Parque de la Montaña, hasta volver junto al Templo de Debod.  Ahí parar un instante, para ver la imponente vista de la Casa de Campo, y más allá Pozuelo, Humera y Aravaca. De ahí, cruzando Ferraz, tomar la calle Evaristo San Miguel, andando despacio cuando al cruzar con Martín de los Heros, para contemplar el colegio Fray Luis de León, en cuyo teatro, en 1983, canté por primera vez en un coro profesional.

Después de desembocar en la calle de la Princesa, y volver al ruidoso ajetreo del tráfico. Dudar un momento, si girar en dirección a Moncloa o volver a la Plaza de España. Gana la Plaza de España, donde el día ya se va apagando. Y desde ahí, subir por la calle Leganitos y, sin prisa,  desembocar en la plaza de Santo Domingo; todavía no hay puestos, creo que no los pondrán hasta octubre. Tomar Jacometrezo para llegar a la plaza de Callao, y cruzar a la otra acera de la Gran Vía. Yendo dirección a Red de San Luis, imaginar las carteleras de cines y teatros que ya no existen, y sobre cuyas plateas fantasmas ahora campan enormes supermercados de moda conviviendo con musicales de Broadway. Tampoco existe ya la cafetería Zahara. Todo cambia.

Girar a la izquierda y subir por la calle Valverde, ya casi completa la noche, para llegar a la calle Colón, y a la izquierda dejar la plaza de San Ildefonso. Mientras avanzo por la Corredera Alta de San Pablo, pienso en los locales míticos de Madrid que había por aquella zona; Ágapo, Elígeme… y algunos que resisten, como La Vía Láctea o El Penta. Lugares donde pasé algunos de los momentos más divertidos de mi juventud.

Al llegar a Velarde con Fuencarral, dejar atrás la recién bautizada plazuela de Antonio Vega, y enseguida desviarse a la derecha para tomar la calle Apodaca, y en Mejía Lequerica girar a la derecha para enseguida subir hacia Sagasta por Beneficencia e inmediatamente después por Hermanos Álvarez Quintero. Decido andar lo que queda de Sagasta para llegar a la glorieta de Alonso Martinez, y desde ahí bajar por Génova hasta la plaza de Colón. Bajar por la acera de la izquierda para ver el escaparate de la librería Pasajes. Llegar por fin a Colón, la meta de mi paseo.

Ya es noche cerrada, aunque apenas son la 11 de la noche. Y la luz de este Madrid en Junio, es casi tan viva como la de mediodía. Me siento un rato en la base del monumento a Colón, que ahora está en el centro de la glorieta. Contemplo la noche urbana, el ir y venir de transeúntes y automóviles. Es siempre la misma ciudad, aunque cambie. La adoro; insufrible pero insustituible.  Debería regresar a casa, pero caminaré un rato más. Tomando el Paseo de Recoletos, en dirección a la plaza de Cibeles, y después Atocha, y la Ronda de Toledo. Nunca termino de recorrer las calles. También me hubiera gustado ver el atardecer desde la Plaza de la Armería, o desde las Vistillas, pero nunca hay tiempo para el paseo perfecto. Seguiré intentándolo.

© Enrique R. del Portal, 2013-2022




lunes, 11 de julio de 2022

Post en forma de poema


Se puede morir de amor;
Yo lo hago casi todos los días,
y si no, plácidamente me suicido,
pero a esa hora mágica y feliz de la tarde, 
cuando la luz es tinta dorada y los edificios se derriten,
para no tener que trasnochar en la duda.
Entonces vuelvo a la que fuera mi casa, 
caminando por el borde del llanto mismo,
encontrando un extraño escenario azul,
ataviado fuera de época.
Y ya no poseo nada,
no tengo nada más que una mochila de trapo,
que se abre y se vierte mientras camino,
para dejarme las tripas a la vista, 
con el alma privatizada.
 
Continúo porque no recuerdo 
que la cuesta de aquella calle
llegase tan aquí adentro;  
tan lejos de entonces.
Y los adoquines me sonríen
entre caprichosos y corteses,
que se me escapa el aliento en este paseo de latidos,
en este latido pétreo, 
en cada brizna de polvo ausente,
en esta imagen banal de momentos trascendentales. 
 
Miro con repetida intensidad la ventana que quedó cerrada
después de que te fuiste,
para comprobar que allí habita sólo una borrosa copia
de tus huellas, 
de tu rastro.
Lo confundo con tristeza que no es
hibridándome entre una sonrisa de dientes afilados
y la frivolidad de mentir.
 
Siguen tirando mis pies de mí,
hacia la esquina donde te esperé tan adolescente,
tan puro, tan impuro y tan solemne,
para que al final de todo no te me llegaras.
Ahora que ya he muerto tengo que volver
a lo de cada día, 
a las risas y los espantos 
de todo lo que sucede sin sentido,
a este teatro cada vez más pequeño
y por contra más vacío, 
a este ya no salir el sol, a esta incertidumbre.
 
Escuchar, componer,
tal vez escribir para encontrarme un poco a mí mismo,
para justificar el rubor de no miraros a los ojos.
Tal vez huir, o vivir en la huida.
Entender porque Marta me reprocha 
que siempre busco el mismo poema, 
que siempre merodeo por la misma historia.
 
Porque así
se puede sujetar esta brillante ruina,
camuflar los años vestidos de otros años,
llenar el vacío de la luz con acordes apagados.
Se puede anestesiar está constante fuga de vida derramada.
Claro que se puede;
yo lo hago casi todos los días.
 

© Enrique R. del Portal, 2013 
 
 

Cuarentenario


Llevaba unos días pensando que quería escribir algo para recordar que se cumplen 40 años de mi inicio como profesional en el escenario. En aquel ya lejano 1982, me ofrecieron salir como figurante en Gigantes y Cabezudos llevando a la Virgen del Pilar en andas, en la solemne escena de la salve, y acepté ¡claro! ¿cómo rechazar esas 500 pesetas diarias? ¡Qué fortuna! Era la última semana de la temporada veraniega de zarzuela del Centro Cultural de la Villa de Madrid, ahora también Teatro Fernando Fernán Gómez, que había protagonizado la Compañía Ases Líricos, que formaron Evelio Esteve, Fernando Aranda (que además de empresario era tenor cómico) y un tercer socio. Esas temporadas y esa compañía tuvieron una época dorada en la década de los ochenta, contando con el favor absoluto del público y marcando un cénit que no se volvió a superar.

Y en estas ideas andaba cuando me entero del fallecimiento de Evelio Esteve, por un mensaje de su hija Raquel Esteve. El primer empresario de Ases Líricos, que además era un espléndido tenor, ¿qué digo además? Era sobre todo un magnífico tenor. La noticia me ha llenado de pena, y me ha hecho recordar esos días, en los que, con catorce años, empezaba a vivir el teatro, que ya nunca abandonaría.

Evelio era un tenor de voz grande y densa, con un inconfundible fraseo y facilidad para un agudo amplio y generoso. El motivo de que yo anduviera por el teatro es que Evelio y sus socios contaban con mi padre, Enrique del Portal, como tenor también de su compañía. ¡Cuánta envidia tenía de Evelio y su voz… Sin embargo, él ofrecía un saber estar en el escenario y un poso actoral en los personajes de los que Evelio carecía, posiblemente se complementaban y hacían así muy atractivo el repertorio. Si Evelio destacaba vocalmente en Marina o Luisa Fernanda, mi padre hacía una creación de Bohemios, La del Manojo de Rosas o La Verbena de la Paloma.

Y allí andaba yo, antes de que me ofrecieran el destacado, para mí, puesto de figurante, entre cajas y en los pasillos del teatro, jugando con los hijos de otros artistas; Mari Cruz Álvarez, Roxanna Esteve (hija de Evelio, que un par de años después sería una estupenda tiple cómica), Hugo Fernández (que llegó a ser regidor del Teatro Real) o Rafa Castejón (hijo de Rafael Castejón y también espléndido actor).

Creo que aquel verano de 1982, se mezclaron el niño, el adolescente y el adulto que prometía ser. Recuerdo los juegos, los paseos, los amoríos…  Recuerdo las tardes con mis amigos Michel y Antonio, que también venían a acompañarme al teatro, para tortura de mi padre… o los paseos que dábamos, descubriendo un Madrid que rompía como un mar en el rompeolas. Recuerdo las tardes con Michel, ojeando libros y cómics en Espasa Calpe, jugando a ser intelectuales de pro; Las meriendas en el McDonald´s de Red de San Luis, con Michel y Mari Cruz, o el paseo con ella, que me llevó a descubrir El Campo del Moro, regio escenario donde por primera vez una muchacha me cogió la mano y me besó. “estaba empezando a queré” como dice Rafael de León en su Profecía.

Y todas esas tardes, todos esos juegos, y todos los caminos de aquel verano, confluían en ese Centro Cultural de la Villa de Madrid, donde continuábamos nuestras trastadas, recibiendo muchas veces ejemplares regañinas; cómo olvidar a Fernando Aranda sorprendiéndonos con el atrezzo de Los Gavilanes, como si fuera nuestro equipamiento para una batalla que iba a tener lugar en el foso del teatro…

No sé si estaba destinado a dedicarme al teatro como mi padre, pero es innegable que lo hice porque aquella vez me vistieron de maño y salí con más miedo que vergüenza a sujetar la imagen de la Virgen. Y que el verano siguiente me ofrecieron ser corista. ¡Corista! ¡Ya iba estando más cerca de las marquesinas de neón…! -seguro que llegué a pensar-. Y quien me lo ofreció fue Evelio Esteve, y por eso, siento este eco de pena, como si me hubieran quitado uno de aquellos recuerdos, situados entre la niñez, la adolescencia, y el adulto que no sé si he llegado a ser.


® Enrique R. del Portal, 2022

martes, 5 de julio de 2022

Ecuaciones y La Revoltosa.


Ya he comentado en alguna otra anécdota que estudié el bachillerato en el madrileño y regio Instituto San Isidro que, por aquel entonces (estamos hablando de los primeros años ochenta) conservaba gran parte del prestigio que tuvo.  Había llegado ahí gracias a las gestiones que hicieron en mi primer colegio, Virgen de Ronte, que era casi como una extensión de casa y donde recibí un trato que recuerdo como cariñosísimo de los profesores, y especialmente de la dueña y directora, Petra Maestro, que dedicó junto a sus hijos, José y Maite, su vida a la enseñanza. Así que terminado mi octavo de E.G.B. rellenaron la pertinente solicitud por mí y en septiembre de 1982 me planté en la Calle de los Estudios, y allí cursé B.U.P y C.O.U. hasta 1986.

Fueron años de alegría, de juventud, de música, de amistad y de muchos amores. Recuerdo la hora del recreo, un poco antes del mediodía, en que nos escapábamos a los billares de San Millán, o a la desaparecida panadería del chaflán de Cascorro con Duque de Alba, donde comprábamos las cuñas de chocolate o los chuscos de pan que rellenábamos con fiambre de la charcutería de la esquina de enfrente. O los improvisados conciertos de aquel taciturno muchacho del que no recuerdo el nombre, que estaba un curso por encima del mío, y que tocaba la guitarra de forma tan envidiable. Recuerdo a Gonzalo Martín, que vino conmigo del colegio, y fue amigo y compañero durante los dos primeros cursos y del que luego perdí la pista totalmente; a Gustavo Repullés, Ginés Hernández, Carlos Carralero, Antonio González, Alberto Panadero, Mariano Sancho Blanco, Jorge Espinoso, Avelino Casas, Salvador Victoria… y tantos otros.

No puede decirse que fuese un buen estudiante, más bien al contrario. Me encantaba perderme por el Madrid de los Austrias, por las callejas y las tabernas, emulando a Galdós en lo ocioso. que no en lo literario. y me aplicaba lo justo para sacar las asignaturas “por los pelos” y, aun así, no siempre lo conseguía, y en más de una ocasión arrastraba alguna hasta septiembre. No llegué nunca a repetir, mi pereza estudiantil remitía en ese último momento e hincaba los codos un poco más para no quedar rezagado. A pesar de mi poco lustre académico, guardo un cariñoso recuerdo de mis maestros; entre los nombres que no he olvidado y que ya nombré en Magister et Amicus: René von Aboult, excelente maestro multidisciplinar, que me inició en el interés por la filosofía; Alfonso Bullón de Mendoza, Isabel Belmonte y Manuel Chaguaceda, con los que estudié historia; Josefina Marqueríe, de dibujo; Mª Ángeles García Weruaga, que confirmó mi vocación filosófica y me animó a estudiar la carrera; Carmen Arróspide, que toleró con infinita paciencia mi poco talento para las ciencias físicas; Elena Díaz Felipe, que consolidó mi amor por el Francés; Rosario Aguado; que intentó con infinito optimismo, que nos entusiasmase Commentarii de bello Gallico; Enrique Avilés, Fernando Fandiño, Antonio Romero y Rosario Lozoya, que me impartieron lengua Española y Literatura, y despertaron el amor que siento por las palabras; y Mª Ángeles Martin, que desde su cátedra de Griego, me ayudó a comenzar la vida de adulto que tenía enfrente.

Recuerdo el año de 3º, que el instituto pasó a ser mixto, y como las aulas y los pasillos se llenaron de muchachas, lo que supuso un extra de alegría para las no ya poco revueltas hormonas. Teresa, Eva, Raquel, Nieves, con qué facilidad me enamoraba…
En uno de esos proverbiales recreos, esta vez en el histórico claustro, en la puerta de lo que entonces era la cantina, estaba un día ya de final de curso, intentando declarar a Laura Gómez Román mis sentimientos hacia ella, y en ese momento me pareció una gran idea (iluso de mí) utilizar alguna frase romántica de una zarzuela que ilustrase tan decisivo momento y no se me ocurrió nada mejor que reinventar el final de la escena de Cándido y Gorgonia de La Revoltosa (que es bastante poco romántico) y le dije:

Si no me quieres como quiero que me quieras
o no tiés corazón o lo tiés de bronce u peña.

Ni que decir tiene que, aunque contuvo la risa de forma magistral, la muchacha no se sintió especialmente cautivada por mi forma de intentar ligar y aquel proyecto de romance no prosperó. Pero quiso la casualidad que presenciase la escena mi profesor de matemáticas, Enrique de Vicente, que terminaba su café a puerta de la cantina, y me pregunto, curioso, cómo es que yo conocía el texto de La Revoltosa. Le conté que había escuchado zarzuela desde siempre en casa y que, de hecho, ya cantaba en alguna compañía. A él, que era aficionado al género, le resultó extraordinario que un muchacho de dieciséis años, alumno suyo, tuviese relación con la lírica, y que la usase (aunque fuese de forma tan deslucida) para aquellos menesteres. Enseguida me preguntó cuáles eran mis planes para el futuro, qué iba a estudiar y a qué me iba a dedicar, a lo que respondí que no estaba seguro

–Algo de letras y, muy probablemente, música y canto-.
Me miró fijamente durante unos segundos, escrutando que había de verdad en lo que le estaba diciendo.
- ¿Nada relacionado con las matemáticas, ni con la física ni con las ciencias? -,
- Seguro que no, lo prometo-.    
- Está bien, entonces pasarás el examen de matemáticas-.

Unos días después nos dieron las notas de los exámenes y, misteriosamente, aprobé el examen de matemáticas de 3º de BUP, con un cuatro escaso; siempre he pensado que gracias a mi torpeza manejándome con las chicas y, sobre todo, a los libretistas José López Silva y Carlos Fernández Shaw y a la afición a la zarzuela de aquel profesor del San Isidro. Algunos años después, en una conversación casual, me enteré de que Laura era sobrina de José Antonio Román, contrabajista y compañero de infinidad de funciones y temporadas, sobre todo con la Compañía Lírica Española de Antonio Amengual.

Y es que el mundo es un pañuelo, o mejor: un sainete.


® Enrique R. del Portal, 2022

sábado, 2 de julio de 2022

Al césar lo que es del césar.


Releyendo esto después de nueve años, creo que sigue de absoluta actualidad y vigencia.


“Las campanas tañidas por los traidores
les compran un puesto en el cielo
y cortan nuestras venas con el filo de hojas de curso legal.”
-Fragmento del poema “En Alza”-

No puedo ojear la prensa sin que se me amargue el día. Hoy lo he vuelto a intentar, y nada. Las mismas malas noticias, los escándalos, las peleas. Corrupción de compra y venta y una sensación de que nadie piensa más allá de “sálvese quien pueda”. Da igual el periódico que leas; eso no añadirá más que una intensa confusión ideológica, ya que cada uno culpará de los males que nos acucian al grupo político del contrario.
No es que no haya grandes profesionales del periodismo, claro que sí. En todos los medios los hay. Algunos hacen gala de su independencia, otros no tienen complejos en reconocer sus filias o sus fobias, pero en cualquier caso, sirven a intereses que están más allá de lo que podemos ver a simple vista.
Pero yo no quería hablar de los periódicos ni de los periodistas (o la televisión y la radio) sino del contenido. Esa terrible realidad con la que de un tiempo a esta parte nos han hecho comulgar. Leo, indignado, que la Conferencia Episcopal Española, en boca de su presidente, Rouco Varela, anuncia que si se vieran obligados a pagar el impuesto sobre bienes inmuebles, IBI, la iglesia no tendría más remedio que compensar ese gasto, disminuyendo el de obras sociales y de caridad como Cáritas. No salgo de mi asombro; además del implícito chantaje emocional, resulta que si una institución como la iglesia católica cumple con sus obligaciones terrenales en un momento tan necesario como este, lo pagarán los más desfavorecidos. Ejemplar.
Y así todo; estos mercachifles, que debían ser el ejemplo en tiempos tan difíciles, siguen más preocupados de con quién follamos o dejamos de hacerlo, que de los verdaderos problemas de la gente. Claro que todos sabemos que los homosexuales son enfermos y las mujeres que abortan asesinas, pero los párrocos que abusan de niños contra su voluntad, o los que violan mujeres en África, son pobres pecadores a los que hay que perdonar y encubrir en una parroquia lejana.
Si los vicarios de Cristo siguen (como es su costumbre) más apegados a los poderosos que a la iglesia de los pobres, qué vamos a poder exigirles a los que no tienen la gracia de su revelación. Pero por menos, dicen que armó Jesús la que armó en el Templo, aunque hoy en día, los del templo podrían responder con las armas de las fábricas de las que también son propietarios.
Ahora no hay más que ir descendiendo en la pirámide social (en la que he puesto al clero por su supuesta superioridad moral) para ir viendo que cuanto más tenemos, menos queremos colaborar.
Veo asqueado que todas las parcelas de poder exigen más que piden, un esfuerzo que empieza a ser insoportable para levantar el país y salir de esta terrible crisis. La misma que surge de la mala praxis de grupos financieros que se nutrían de inflar los precios de nuestras viviendas, y sobretasarlas para que, además, tuviéramos la reforma pagada, o un coche en la puerta. O ambas cosas. Esos mismos que nos convencieron de que la propiedad era lo más adecuado, y nos tranquilizaron con cómodas exenciones fiscales, son los que ahora nos instan a esforzarnos hasta lo indecible, mientras ello disfrutan de condiciones fiscales extraordinarias, coches oficiales, dietas mayores que el sueldo mínimo interprofesional, vales para los transportes, precios subvencionados en restaurantes y cafeterías. Los que protegidos con unas obscenas gafas de sol son premiados a menudo por las loterías del estado; construyen orgullosos aeropuertos de Babel y crían cachorros que en cuanto pueden nos espetan un buen “que se jodan”. Eso quedándonos en esta inmoral legalidad y no entrando en los sucios contubernios en los que algunos “representantes del pueblo” se enriquecen de manera vil e ilegal con la ayuda de ejemplares tesoreros, hábiles contables o solícitos chóferes.
Hace poco hemos visto como las cajas de ahorro, que originalmente fueron creadas para que el pobre tuviera también un banco, se han convertido en un coto de caza privado, en el que unos cuantos señoritos han amasado verdaderas fortunas, sin el más mínimo recato al dejar gran número de estas entidades en la miseria, y a muchísimos de sus clientes. Las grandes formaciones políticas, las diputaciones e incluso los dos sindicatos mayoritarios tienen las manos sucias, y se han beneficiado de manera poco honesta cuando menos, de esta situación.
No recuerdo una imagen más repugnante que un conocido responsable político y económico dando la campanada de salida a bolsa de cierta entidad. Eso, que ha costado miles de millones que vamos a pagar todos los españoles, pero eso sí; cuando no cumples con el pago de tu hipoteca, a la calle, sin derecho a queja, que si gritas más de la cuenta te mandan a los cuerpos especiales, o te reforman la justicia, o te recortan derechos. Obsceno.
¿A quién podemos creer? ¿Qué podemos hacer si nuestros representantes en la tierra y en el cielo, están vendiendo a nuestras madres?
Cualquiera podría deducir que hace falta una revolución. Hay que abrir bien las ventanas y remover los muebles hasta que no quede ni una mota de polvo en casa. Y si de paso ruedan las cabezas de los culpables mejor. ¿No?
Los de mi gremio estamos acostumbrados a vivir en una constante crisis, dada por la naturaleza inestable de nuestro trabajo. Pero nunca entendí, que por una partitura de una obra que voy a representar tuviera que pagar un impuesto del valor añadido, IVA, mayor que el de una novela de acción. Como ahora tampoco entiendo que estemos sufriendo un IVA en la cultura y los espectáculos mayor que el que se carga en la pornografía. No es, ni mucho menos, que esté en contra de los que disfrutan con imágenes de hermosos cuerpos al desnudo, pero la comparación me resulta insultante. Ofensiva.
Nos hemos convertido en un país, que como el tonto de la clase, sólo destaca en gimnasia y religión. Hay una placa que conmemora la victoria de la selección española de futbol en 2010 en la explanada del Puente del Rey, junto a la casa de campo. Supongo que eso era más importante que arreglar un parque, o un teatro. Estamos haciendo todo lo posible porque la educación religiosa, el proselitismo al fin y al cabo, el rapto más burdo de la libertad de pensamiento, se codee con las matemáticas y la historia en las aulas. Pero claro, hay que tener contento al diablo si hace falta; mal ejemplo en este caso…
En el fondo saben lo que son, lo que nosotros les hemos permitido; basura, parásitos sociales que ensucian más que sirven. Se enriquecen a nuestra costa, porque temen que al llegar al cielo no tendrán suficiente para comprar su parcelita. Pero hay que desengañarlos: por una parte no tendréis castigo, ladrones, estafadores, trileros, conspiradores, confesores, pederastas, tramposos, prevaricadores, troleros, avariciosos, embaucadores, aprovechados, hipócritas, violadores, usureros, vendedores de bulas, malversadores, salvapatrias… yo al menos no creo en ese tipo de justicia. Pero es que tampoco tendréis recompensa. No hay oro bastante para que vosotros entréis en el cielo. Es más, ya os oléis que no hay cielo, ¿verdad? Terminaréis en un hoyo, entre fango y guano. Donde os corresponde.


© Enrique R. del Portal, 2013

¡Corre, qué vamos a perder el bus!


 A Antonio Ceballos.


Podíamos haber ido andando al concierto, porque la plaza donde se celebraba no quedaba demasiado lejos de nuestro barrio, y aunque la noche era tibia, de primavera madrileña, la avanzada hora nos hizo preferir coger el autobús 34 para recorrer el trecho desde Oporto, por la calle General Ricardos, hasta el Parque de las Palmeras donde tenía lugar el concierto del grupo “Bus”. Yo conocía este grupo, aunque no los había escuchado nunca, porque mi primo Juan, al que tantas referencias musicales he debido siempre, les ayudaba con la instalación de luz y sonido, y siempre me decía que eran muy buenos. Así que allí nos presentamos en primera fila mi amigo y compañero de correrías de juventud, Antonio Ceballos y yo. Lo normal por aquellos días es que hubiese venido también Michel Feijoo, el tercer mosquetero, el tercer jedi… pero él era menos dado al rocanrol y al guitarreo que tanto nos gustaba a Antonio y a mí, de manera que aquella noche la fiesta era sólo para nosotros dos y “Bus”.

Conocí a Antonio casi por casualidad, unos años antes de la noche del concierto. Todavía éramos niños, y nuestros juegos eran inocentes. Fuera de los compañeros y amigos de colegio, mi pequeño círculo, “la banda”, éramos Pablo, Michel, Toñete y yo, que nos reuníamos en un enorme patio interior, todavía bajo la vigilante atención de nuestras madres. No recuerdo exactamente porqué, pero perdí muy pronto el contacto con Pablo y Toñete, quizá se mudaron sus padres, no estoy seguro. El caso es que un día, a la salida del colegio, había quedado con Michel para jugar con nuestros Madelman o nuestros Clics de Famóbil, a alguna batalla cósmica, seguramente, que era nuestra temática favorita en aquellos días y él había quedado con un compañero suyo del colegió que resultó ser Antonio. Ante el pequeño dilema, me ofreció ir con él y presentarnos ante su amigo para jugar los tres. Y así lo hicimos, llegamos a casa de Antonio que vivía en Camino Viejo de Leganés, muy cerca de mi calle, Castro de Oro. Fue un primer contacto óptimo, nos hicimos amigos al instante y descubrimos juntos, y compartimos, un montón de salidas nocturnas, música, chicas y nuestro amor por las guitarras. Pero eso ocurriría un poco después, ese día tocaba jugar a La Guerra de las Galaxias, con nuestros muñecos y una estupenda estación espacial que Antonio, tan hábil con sus manos, ensambló con unas cajas de embalar.
Pero a lo que íbamos; con el concierto a punto de comenzar estábamos, como os decía, en primera fila, y vimos que los asistentes eran esencialmente muy jóvenes y, sobre todo, heavys, roqueros, con sus chupas de cuero llenas de parches de distintos grupos; Saxon, Rainbow, Def Leppard, Iron Maiden, Judas Priest, Leño, Barón Rojo, Obús… muchas tachuelas y muchas cadenas… Antonio y yo nos quedamos mirando, ninguno de los dos sabíamos qué estilo tocaba el grupo estrella de la noche “Bus”, pero habíamos dado por hecho que harían rock, y del bueno, por las referencias que yo tenía de mi primo. Y en estas, vimos que los músicos salían al escenario y la banda se disponía a tocar. Tenían un aspecto anodino, con lo cual cualquier cosa podía empezar a soñar. El cantante y “frontliner“ de la formación hizo una somera presentación e invitó a la audiencia a bailar, y comenzó el concierto con “Frenesí” el célebre bolero de Alberto Domínguez…

“Quiero que vivas sólo para mi
Y que tú vayas por donde yo voy
Para que mi alma sea no más de ti
Bésame con frenesí”

Resultó, para disgusto de la metalera audiencia carabanchelera, y para nuestro tremendo regocijo, que “Bus” era una orquesta de versiones y no un “auténtico” grupo de rocanrol. Los decepcionados muchachos, en sus embutidos vaqueros se fueron marchando rápidamente, no sin algún improperio a la orquesta, y nosotros nos quedamos, no tanto por gusto a su repertorio, sino por disfrutar de su pericia como instrumentistas, que ya coqueteábamos también nosotros con tocar en grupos y componer nuestras canciones. No faltó la idea de que todos aquellos “jevilongos” habían confundido en el cartel del concierto a “Bus” con “Obús”, lo que aumentó nuestras risas hasta bien entrada la madrugada.

“¡Y yo sé bien!
¡Qué te quema la envidia!
¡Prepárate!
¡Va a estallar el obús!”

A pesar de todos los años que fuimos amigos y de las muchas cosas que compartimos, Antonio y yo nunca tocamos juntos en ningún grupo. Siempre tuvimos la idea y el proyecto en la cabeza, pero nuestras experiencias musicales fueron por separado. Su primer grupo fue “Límite”, con otros amigos del barrio, Elías a la guitarra y Tibu a la batería; y el mío fue “Línea 5”, que formé con Marcos al bajo, Jesús a la batería y Carlos como guitarra principal. Fuimos a muchos conciertos, escuchamos un buen montón de discos juntos. Una de nuestras formas preferidas de pasar una tarde era irnos a ver tiendas de música como Garijo, Leturiaga, Maxi o Bosco, donde mirábamos y admirábamos los instrumentos que soñábamos llegar a comprar, él el bajo y yo la guitarra. También nos unía la pasión por el cine, por los juegos de mesa, por las chicas y por los paseos, que, éstas sí, compartíamos con el tercer caballero, Michel.

No sé en qué momento exacto ni porqué nuestra amistad se deterioró hasta el punto de que las bromas se volvieron discusiones y estas dieron lugar a largas temporadas sin hablarnos y sin vernos. Quise retomar el contacto hace poco tiempo, y fue el fallido intento de resucitar algo ya perdido, que devino en una separación muy desagradable. Nuestros caracteres se habían vuelto demasiado competitivos e incompatibles, y creo que esta vez fue para siempre. Aun así, le recuerdo con cariño, o más bien con amor, a mi niñez y mi juventud, a todo lo que descubrimos juntos, a Mari Mar, a las dos Alicias… A veces le pegunto a Michel, el tercero en discordia, si sabe algo de él, pero también se rompió ese nexo. Me preguntó qué será de él, qué pensará y si recordará nuestra amistad como lo hago yo tan a menudo. Sé por terceros que sigue tan loco como entonces, y que hace de su vida una fiesta extraña y sórdida al borde del abismo. Pero cuando pienso en mis días de Castro de Oro, cierro los ojos y me veo en casa de Antonio, disputando una encarnizada partida de Risk, o corriendo, entre risas y bromas de quinceañeros, porque vamos a perder el bus que nos lleva a un concierto, o nos veo a los tres, bajando por General Ricardos, camino del cine Florida o del Salaberri o del España para ver una doble sesión, un sábado por la tarde.

Ojalá esa memoria permanezca siempre viva y me despierte esta misma sonrisa.


 ©® Enrique R. del Portal, 2022

Cine Las Margaritas


Como no tuve hermanos mis primos ocuparon ese espacio, especialmente el que siempre me faltó de hermano mayor, que desempeñaron en distintos momentos de mi vida mis primos José Enrique y Juan.  Hijos de la hermana pequeña de mi madre, Francisca, que en la familia siempre fue Paquita, a día de hoy, la última de las tres hermanas que queda viva; Nati, mi madre, que fue la primera en dejarnos y Tere, la segunda.
También tuve una unión especial con mis otros primos, Quique y Juan (vaya, todo iba de enriques y juanes…), hijos de Tere. De ellos heredé la pasión por el rock, creo que ya lo he comentado en alguna otra anécdota, pero la historia que hoy me viene a la memoria tiene como protagonistas a los primeros.
Era muy habitual que mi madre acompañase a mi padre en los viajes, bolos y giras; en parte para pasar todo el tiempo posible con él y en parte para vigilarle, así que a mí me tocaba pasar muchos días e incluso temporadas en casa de mis tíos, Paquita y su marido Isidro. Solía ser motivo de fiesta y alegría, y compartía con mis primos los juegos, los estudios, las trastadas, las regañinas… y alguna que otra pelea que siempre terminaba en una buena paz bilateral. Los acompañaba a las quedadas con sus amigos, y jugábamos juntos por las calles de aquel Parque de las Margaritas de Getafe de los últimos años setenta y primeros ochenta. Uno de los sitios que recuerdo con especial cariño es la piscina Costa de Vigo, que en cuanto el tiempo lo permitía, se convertía en una especie de “cuartel general de actos familiares”, y fue allí donde celebramos varias primeras comuniones y donde pasamos algunos de los momentos, primaverales y veraniegos, más felices de mi infancia.
Pero hay un local que tiene en mi memoria la categoría de templo, y es aquel cine de barrio donde vi tantas películas con mis primos, especialmente de miedo, que tan malos-buenos momentos me hicieron pasar, y que forjaron la afición que tuve (y conservo) por este género cinematográfico. Allí vi algunas como Miedo en la Ciudad de los Muertos Vivientes (Lucio Fulci, 1980), El Más Allá (L. Fulci, 1981), Humanoides del Abismo (Barbara Peeters, 1980), Viernes 13 (Sean S. Cunnigham, 1980), La Niebla (John Carpenter, 1980), ¿Qué sucedió entonces?  (Roy Ward Baker, 1967), Vinieron de Dentro de (David Cronenberg, 1975), Las Garras de Lorelei (Amando de Ossorio, 1974), La Noche del Terror Ciego (Amando de Ossorio, 1972), No Profanar el Sueño de los Muertos (Jorge Grau, 1974), Noche de Miedo (Tom Holland, 1985), Fuerza Vital (Tobe Hooper… 1985) y un buen montón de títulos más. Como veis, no todas podrían considerarse manjar para cinéfilos o distinguidos críticos de cine, y es que nuestro gusto era más bien de trazo grueso y nos encantaba el buen cine malo en el que la sangre artificial salpicase a borbotones.
No nos quedamos tan sólo en la pantalla grande y comenzamos a coleccionar libros y revistas de temas ocultos, parapsicología, ufología… Se me hace inolvidable la voz de Antonio José Alés, que escuchábamos atentos y ensimismados, en su programa de Radio Madrid “Media Noche” donde mezclaba reportajes sobre estos temas con radionovelas dramatizadas de relatos de terror, que retransmitían para promocionar la colección Biblioteca Universal de Misterio y Terror. Como no podía ser de otra forma, esta era la parte que más me gustaba, y hace bien poco terminé recopilando todos los números de aquella perdida colección.
Fue un gran disgusto cuando mis primos me contaron que habían cerrado la piscina Costa de Vigo, que terminó siendo una urbanización de alto standing y el cine Las Margaritas, que convirtieron en un pequeño centro comercial. Igual que desaparecieron el Avenida, el Cervera o el Palacio, como, al fin y al cabo, han desaparecido todos los cines de barrio de las capitales. En las visitas que les he hecho, o a mi tía Paquita, he pasado en alguna ocasión por la puerta, y he recordado con inmensa nostalgia aquellas dobles sesiones de sobresalto y escalofrío, de fantasmas, muertos vivientes y asesinos enloquecidos, y como José Enrique y Juan suplieron mi falta de hermanos mayores.
Pero solo he recordado a los primos por parte de madre, y también los tengo por parte de padre; Carlos, Emilio, David, Paco, Montse y Nati, hijos los tres primeros de Emilio, el hermano pequeño y los tres siguientes de Adela, la hermana mediana. Aunque ellos no tuvieron ese papel relevante de los hijos de las hermanas de mi madre. La vida quiso que muchos años más tarde, quizá en un irónico guiño, descubriese el secreto detalle de que sí tenía hermanos, mayores y menores… que mi padre había ido diseminando como aquellos monstruos marinos o espaciales de aquellas películas adoradas, que tenían la persistente manía de matar a los hombres y aparearse con sus mujeres. Después de todo, por mucho que insistió en acompañarle y vigilarle, mi madre fracasó en el intento. Pero, aunque también de “horror, pavor y terror”, esa es otra historia.


® Enrique R. del Portal, 2022

Cometa Halley.


Era la primera vez que salía de “bolos” como profesional.
A pesar de mi juventud (sólo tenía unos bisoños e insultantes 17 años) ya contaba con una pequeñita pero no desdeñable experiencia en coros de zarzuela. Eran ya varios veranos los que había participado en las temporadas del Centro Cultural de la Villa de Madrid, así que no era extraño que me ofrecieran participar aquellos dos días en el Festival de Zarzuela de La Solana, con un par de títulos del repertorio habitual.

Como estaba cursando COU en mi adorado Instituto San Isidro. Tuve que avisar a mis profesores que faltaría esos días por motivos de trabajo, llevando la preceptiva nota firmada por mi padre, que me autorizaba para ello. Y presumir que me iba “de gira” y despedirme de mi novieta de entonces, Nieves Mora Ariza, de COU C, de forma torpe y en exceso melodramática.

La mañana que salíamos hacia La Solana nos citaron en la Plaza de España a primera hora, Recuerdo a los compañeros, Carlos Bofil, Pedro García de las Heras, Roxana Esteve, Rafa Álvarez de Luna, con los que se había establecido un vínculo precioso, una amistad que siempre recordaré. El viaje fue una fiesta, preludio de los dos días que me esperaban fuera de casa, y aunque era una pequeña gira, el trabajo parecía una excusa ante la excitación que me dominaba.

No recuerdo especialmente el transcurso de las funciones que hicimos. Pudieron ser La Rosa del Azafrán, La Dolorosa y creo que algo de género chico madrileño. Sí recuerdo que compartí habitación con Carlos Bofil, aunque él lo hizo expresamente para ocultar el romance que por aquellos días tenía con la que luego fue su esposa, Roxana. Yo, como casi siempre me mantuve célibe, muy a mi pesar.
Después de las funciones del primer día, aprovechamos para pasar un rato en el hall del hotel, con la idea de disfrutar de la visión del cometa Halley, que aquel año, durante aquellos días, era visible en su visita a la Tierra. Ya avanzada la madrugada, el camarero del hotel, que aguardó amable y pacientemente todo el tiempo que quisimos estar allí, animó más la velada, poniendo música que nos acompañó en el mágico momento. No podía haber tenido mejor fondo musical aquel instante, Avalon, de Roxy Music, la invitación de mi compañera Rocío para bailar, aunque yo soñaba con hacerlo con la que había dejado en Madrid, y la cola del cometa diciéndonos adiós.


Now the party's over, I'm so tired
Then I see you coming, out of nowhere
Much communication, in a motion
Without conversation, or a notion
Avalon…

Intentamos estirar la noche, aunque no dio más de sí, y terminamos retirándonos a nuestras respectivas habitaciones, y algunos a las respectivas de otros…

Después de las funciones del segundo día volvimos a Madrid, y yo volví a la vida diaria del instituto. Nieves cortó conmigo, me examiné de COU, aprobé y empecé a organizar esta vida entre caótica y esperanzada.
Siempre que escucho Avalon recuerdo la noche del cometa, a Nieves, aquella sensación de debutante, y me invade la terrible certeza de que no llegaré a 2061.


 ® Enrique R. del Portal, 2022

viernes, 1 de julio de 2022

La guerra del abuelo Carlos


Ahora que recalo en Málaga con la gira de La Bella y la Bestia, recuerdo el orgullo con que mi abuelo Carlos, el padre de mi padre, nos hablaba a los nietos,  de su –y nuestro- apellido, Ruiz del Portal. Parece ser que es de origen sevillano, y es en estas dos ciudades, en la que más se encuentra este apellido, aunque hay unas bodegas en Logroño que también llevan nuestro nombre.
Recuerdo aquellas reuniones dominicales de la familia, en casa de los abuelos, y como Carlos nos enseñaba los recortes de un viejo suplemento del ABC, en el que se veía al general Primo de Rivera con su primer gabinete de gobierno, y en el que destacaba la figura del general de caballería Ruiz del Portal. No tuvo mi abuelo una preparación superior, como tantos españoles de su generación, ni destacó por sus convicciones políticas, aunque era más progresista que conservador, pese a ser católico. Y tenía más afecto a la república que al movimiento. Pero leyó mucho, y se relacionó con figuras importantes del teatro y la cultura desde su banqueta de limpiabotas.
Algunos años después, mientras me encontraba realizando el servicio militar, tuve que solicitar los servicios del hospital de campaña, por la heroica herida de guerra de haberme quemado por el sol, mientras realizaba la instrucción… El caso es que en el botiquín me atendieron, y al pedirme mis datos y decir mi nombre, el cabo primero sanitario me miró con sorpresa y me dijo: -¿Tú te apellidas Ruiz del Portal?, pues debemos ser primos, porque yo también soy Ruiz del Portal, me llamo Carlos.- -Como mi abuelo-, le contesté. Y comenzamos a buscar algún familiar común, o alguna rama que nos uniese. Aunque no lo encontramos, resultó que él, en su Málaga natal, había oído hablar del tío Carlos, que se fue a Madrid y se casó con Adela, mi abuela.
Esta feliz coincidencia, me valió un par de días de baja en el botiquín, que causaron mucha envidia en mis compañeros que seguían sufriendo la canícula de julio en Colmenar Viejo, mientras entrenaban sus dotes marciales. Y que yo aproveché para contarle a mí “primo” una de las anécdotas de guerra que conservaba del abuelo Carlos:
Después del alzamiento nacional de 1936, muchos militares sublevados, y algunos sospechosos de serlo, fueron encarcelados. En algunos casos de forma arbitraria e ilegal, y en otros, un poco más formalmente. Entre estos últimos se encontraba el teniente Torrijos, que sin ser un fascista convencido, había levantado las sospechas de haberse sublevado por sus críticas a la situación que sufría la República. Dado que no había una infraestructura adecuada para encerrar a todos estos militares, se les retenía en calabozos improvisados en comisarías, e incluso en hospitales, y le encargaban en ocasiones a algún civil, que se encargase de traerles alguna comida una o, como mucho, dos veces al día. Y fue mi abuelo Carlos, el encargado de llevar al teniente Torrijos y sus compañeros de celda algún sustento diario. Al poco tiempo, dado el carácter extrovertido de mi abuelo, y su bonhomía natural, ya recibía el amistoso apelativo de Carlitos, y mantenía entretenidas conversaciones con Torrijos y el resto de retenidos.
Un día, probablemente influido por su afición al vino, el abuelo apareció en la improvisada prisión con su guitarra. Y para solaz de los presos, les entretuvo con canciones e incluso enseñando a tocar a los más animados. Y así pasaron los meses que estuvieron entre rejas, más o menos nutridos y algo entretenidos.
Antes de que las tropas nacionales entrasen en Madrid, aquel grupo de presos fue trasladado y el abuelo Carlos no supo de ellos. Volvió a su trabajo habitual, en el café donde cada vez había menos parroquianos a los que limpiar los zapatos, y lo alternaba con la albañilería; siempre nos recordaba que había participado en la construcción del edificio de la Carrera de San Gerónimo, nº 36, que ahora ocupan dependencias del Congreso,  y como mi padre le llevaba la comida, andando desde Cuatro Caminos.
Terminada la guerra, el abuelo Carlos fue detenido y encarcelado. Aunque no había sido un republicano activo, tampoco había mostrado adhesión al movimiento, y dio con sus huesos en una cárcel en la que, como estaba ocurriendo en toda España, se hacía listas diarias de presos que eran fusilados;  las sacas.
Elaborando una de estas sacas, un teniente se fijó en un apellido poco usual que le llamaba la atención, pero no terminaba de ubicar, y bajó a las celdas, a ver a quien pertenecía ese nombre que tanto le sonaba. – ¡Pero Carlitos! ¿Qué haces tú aquí?- Ya ve usted, mi teniente, cosas de la guerra…- Imagino que el teniente Torrijos sonrió para sus adentros y recordó los ranchos que traía Carlitos, y los improvisados recitales de guitarra que entretuvieron su estancia en la comisaría madrileña, porque el caso es que el nombre de Carlos Ruiz del Portal Gutiérrez, fue tachado de cada saca que llevaba a los demás presos a un ignominioso final. Y fue excarcelado en algo menos de un año. No sé si podemos llamarlo justicia divina, o poética; prefiero pensar que la humanidad y el sentido común, se impusieron a los deseos de revancha y a la furia contra el enemigo que campaban en aquellos días.
El abuelo Carlos, terminó sus días en una modesta casita de la calle Oviedo, en el madrileño barrio de Cuatro Caminos. Contando a sus nietos anécdotas de la guerra, a veces terribles y a veces amables, y presumiendo de su amistad con las figuras a las que lustraba el calzado como Alfonso Paso, que llegó a regalarle una hermosa capa española. Murió viejo, quizá no tanto como hubiera podido, y es que su proverbial afición al vino terminó siendo incompatible con su hígado.
Siempre me he preguntado, si el teniente Torrijos echó algún trago de la bota del abuelo. Seguro que sí.


© Enrique R. del Portal, 2013

Desde el corazón XII.

De nuevo la editorial Diversidad Literaria ha incluido un poema mío en una de sus antologías.  En este caso el poema TROQUEL en la XII selec...