martes, 5 de julio de 2022

Ecuaciones y La Revoltosa.


Ya he comentado en alguna otra anécdota que estudié el bachillerato en el madrileño y regio Instituto San Isidro que, por aquel entonces (estamos hablando de los primeros años ochenta) conservaba gran parte del prestigio que tuvo.  Había llegado ahí gracias a las gestiones que hicieron en mi primer colegio, Virgen de Ronte, que era casi como una extensión de casa y donde recibí un trato que recuerdo como cariñosísimo de los profesores, y especialmente de la dueña y directora, Petra Maestro, que dedicó junto a sus hijos, José y Maite, su vida a la enseñanza. Así que terminado mi octavo de E.G.B. rellenaron la pertinente solicitud por mí y en septiembre de 1982 me planté en la Calle de los Estudios, y allí cursé B.U.P y C.O.U. hasta 1986.

Fueron años de alegría, de juventud, de música, de amistad y de muchos amores. Recuerdo la hora del recreo, un poco antes del mediodía, en que nos escapábamos a los billares de San Millán, o a la desaparecida panadería del chaflán de Cascorro con Duque de Alba, donde comprábamos las cuñas de chocolate o los chuscos de pan que rellenábamos con fiambre de la charcutería de la esquina de enfrente. O los improvisados conciertos de aquel taciturno muchacho del que no recuerdo el nombre, que estaba un curso por encima del mío, y que tocaba la guitarra de forma tan envidiable. Recuerdo a Gonzalo Martín, que vino conmigo del colegio, y fue amigo y compañero durante los dos primeros cursos y del que luego perdí la pista totalmente; a Gustavo Repullés, Ginés Hernández, Carlos Carralero, Antonio González, Alberto Panadero, Mariano Sancho Blanco, Jorge Espinoso, Avelino Casas, Salvador Victoria… y tantos otros.

No puede decirse que fuese un buen estudiante, más bien al contrario. Me encantaba perderme por el Madrid de los Austrias, por las callejas y las tabernas, emulando a Galdós en lo ocioso. que no en lo literario. y me aplicaba lo justo para sacar las asignaturas “por los pelos” y, aun así, no siempre lo conseguía, y en más de una ocasión arrastraba alguna hasta septiembre. No llegué nunca a repetir, mi pereza estudiantil remitía en ese último momento e hincaba los codos un poco más para no quedar rezagado. A pesar de mi poco lustre académico, guardo un cariñoso recuerdo de mis maestros; entre los nombres que no he olvidado y que ya nombré en Magister et Amicus: René von Aboult, excelente maestro multidisciplinar, que me inició en el interés por la filosofía; Alfonso Bullón de Mendoza, Isabel Belmonte y Manuel Chaguaceda, con los que estudié historia; Josefina Marqueríe, de dibujo; Mª Ángeles García Weruaga, que confirmó mi vocación filosófica y me animó a estudiar la carrera; Carmen Arróspide, que toleró con infinita paciencia mi poco talento para las ciencias físicas; Elena Díaz Felipe, que consolidó mi amor por el Francés; Rosario Aguado; que intentó con infinito optimismo, que nos entusiasmase Commentarii de bello Gallico; Enrique Avilés, Fernando Fandiño, Antonio Romero y Rosario Lozoya, que me impartieron lengua Española y Literatura, y despertaron el amor que siento por las palabras; y Mª Ángeles Martin, que desde su cátedra de Griego, me ayudó a comenzar la vida de adulto que tenía enfrente.

Recuerdo el año de 3º, que el instituto pasó a ser mixto, y como las aulas y los pasillos se llenaron de muchachas, lo que supuso un extra de alegría para las no ya poco revueltas hormonas. Teresa, Eva, Raquel, Nieves, con qué facilidad me enamoraba…
En uno de esos proverbiales recreos, esta vez en el histórico claustro, en la puerta de lo que entonces era la cantina, estaba un día ya de final de curso, intentando declarar a Laura Gómez Román mis sentimientos hacia ella, y en ese momento me pareció una gran idea (iluso de mí) utilizar alguna frase romántica de una zarzuela que ilustrase tan decisivo momento y no se me ocurrió nada mejor que reinventar el final de la escena de Cándido y Gorgonia de La Revoltosa (que es bastante poco romántico) y le dije:

Si no me quieres como quiero que me quieras
o no tiés corazón o lo tiés de bronce u peña.

Ni que decir tiene que, aunque contuvo la risa de forma magistral, la muchacha no se sintió especialmente cautivada por mi forma de intentar ligar y aquel proyecto de romance no prosperó. Pero quiso la casualidad que presenciase la escena mi profesor de matemáticas, Enrique de Vicente, que terminaba su café a puerta de la cantina, y me pregunto, curioso, cómo es que yo conocía el texto de La Revoltosa. Le conté que había escuchado zarzuela desde siempre en casa y que, de hecho, ya cantaba en alguna compañía. A él, que era aficionado al género, le resultó extraordinario que un muchacho de dieciséis años, alumno suyo, tuviese relación con la lírica, y que la usase (aunque fuese de forma tan deslucida) para aquellos menesteres. Enseguida me preguntó cuáles eran mis planes para el futuro, qué iba a estudiar y a qué me iba a dedicar, a lo que respondí que no estaba seguro

–Algo de letras y, muy probablemente, música y canto-.
Me miró fijamente durante unos segundos, escrutando que había de verdad en lo que le estaba diciendo.
- ¿Nada relacionado con las matemáticas, ni con la física ni con las ciencias? -,
- Seguro que no, lo prometo-.    
- Está bien, entonces pasarás el examen de matemáticas-.

Unos días después nos dieron las notas de los exámenes y, misteriosamente, aprobé el examen de matemáticas de 3º de BUP, con un cuatro escaso; siempre he pensado que gracias a mi torpeza manejándome con las chicas y, sobre todo, a los libretistas José López Silva y Carlos Fernández Shaw y a la afición a la zarzuela de aquel profesor del San Isidro. Algunos años después, en una conversación casual, me enteré de que Laura era sobrina de José Antonio Román, contrabajista y compañero de infinidad de funciones y temporadas, sobre todo con la Compañía Lírica Española de Antonio Amengual.

Y es que el mundo es un pañuelo, o mejor: un sainete.


® Enrique R. del Portal, 2022

sábado, 2 de julio de 2022

Al césar lo que es del césar.


Releyendo esto después de nueve años, creo que sigue de absoluta actualidad y vigencia.


“Las campanas tañidas por los traidores
les compran un puesto en el cielo
y cortan nuestras venas con el filo de hojas de curso legal.”
-Fragmento del poema “En Alza”-

No puedo ojear la prensa sin que se me amargue el día. Hoy lo he vuelto a intentar, y nada. Las mismas malas noticias, los escándalos, las peleas. Corrupción de compra y venta y una sensación de que nadie piensa más allá de “sálvese quien pueda”. Da igual el periódico que leas; eso no añadirá más que una intensa confusión ideológica, ya que cada uno culpará de los males que nos acucian al grupo político del contrario.
No es que no haya grandes profesionales del periodismo, claro que sí. En todos los medios los hay. Algunos hacen gala de su independencia, otros no tienen complejos en reconocer sus filias o sus fobias, pero en cualquier caso, sirven a intereses que están más allá de lo que podemos ver a simple vista.
Pero yo no quería hablar de los periódicos ni de los periodistas (o la televisión y la radio) sino del contenido. Esa terrible realidad con la que de un tiempo a esta parte nos han hecho comulgar. Leo, indignado, que la Conferencia Episcopal Española, en boca de su presidente, Rouco Varela, anuncia que si se vieran obligados a pagar el impuesto sobre bienes inmuebles, IBI, la iglesia no tendría más remedio que compensar ese gasto, disminuyendo el de obras sociales y de caridad como Cáritas. No salgo de mi asombro; además del implícito chantaje emocional, resulta que si una institución como la iglesia católica cumple con sus obligaciones terrenales en un momento tan necesario como este, lo pagarán los más desfavorecidos. Ejemplar.
Y así todo; estos mercachifles, que debían ser el ejemplo en tiempos tan difíciles, siguen más preocupados de con quién follamos o dejamos de hacerlo, que de los verdaderos problemas de la gente. Claro que todos sabemos que los homosexuales son enfermos y las mujeres que abortan asesinas, pero los párrocos que abusan de niños contra su voluntad, o los que violan mujeres en África, son pobres pecadores a los que hay que perdonar y encubrir en una parroquia lejana.
Si los vicarios de Cristo siguen (como es su costumbre) más apegados a los poderosos que a la iglesia de los pobres, qué vamos a poder exigirles a los que no tienen la gracia de su revelación. Pero por menos, dicen que armó Jesús la que armó en el Templo, aunque hoy en día, los del templo podrían responder con las armas de las fábricas de las que también son propietarios.
Ahora no hay más que ir descendiendo en la pirámide social (en la que he puesto al clero por su supuesta superioridad moral) para ir viendo que cuanto más tenemos, menos queremos colaborar.
Veo asqueado que todas las parcelas de poder exigen más que piden, un esfuerzo que empieza a ser insoportable para levantar el país y salir de esta terrible crisis. La misma que surge de la mala praxis de grupos financieros que se nutrían de inflar los precios de nuestras viviendas, y sobretasarlas para que, además, tuviéramos la reforma pagada, o un coche en la puerta. O ambas cosas. Esos mismos que nos convencieron de que la propiedad era lo más adecuado, y nos tranquilizaron con cómodas exenciones fiscales, son los que ahora nos instan a esforzarnos hasta lo indecible, mientras ello disfrutan de condiciones fiscales extraordinarias, coches oficiales, dietas mayores que el sueldo mínimo interprofesional, vales para los transportes, precios subvencionados en restaurantes y cafeterías. Los que protegidos con unas obscenas gafas de sol son premiados a menudo por las loterías del estado; construyen orgullosos aeropuertos de Babel y crían cachorros que en cuanto pueden nos espetan un buen “que se jodan”. Eso quedándonos en esta inmoral legalidad y no entrando en los sucios contubernios en los que algunos “representantes del pueblo” se enriquecen de manera vil e ilegal con la ayuda de ejemplares tesoreros, hábiles contables o solícitos chóferes.
Hace poco hemos visto como las cajas de ahorro, que originalmente fueron creadas para que el pobre tuviera también un banco, se han convertido en un coto de caza privado, en el que unos cuantos señoritos han amasado verdaderas fortunas, sin el más mínimo recato al dejar gran número de estas entidades en la miseria, y a muchísimos de sus clientes. Las grandes formaciones políticas, las diputaciones e incluso los dos sindicatos mayoritarios tienen las manos sucias, y se han beneficiado de manera poco honesta cuando menos, de esta situación.
No recuerdo una imagen más repugnante que un conocido responsable político y económico dando la campanada de salida a bolsa de cierta entidad. Eso, que ha costado miles de millones que vamos a pagar todos los españoles, pero eso sí; cuando no cumples con el pago de tu hipoteca, a la calle, sin derecho a queja, que si gritas más de la cuenta te mandan a los cuerpos especiales, o te reforman la justicia, o te recortan derechos. Obsceno.
¿A quién podemos creer? ¿Qué podemos hacer si nuestros representantes en la tierra y en el cielo, están vendiendo a nuestras madres?
Cualquiera podría deducir que hace falta una revolución. Hay que abrir bien las ventanas y remover los muebles hasta que no quede ni una mota de polvo en casa. Y si de paso ruedan las cabezas de los culpables mejor. ¿No?
Los de mi gremio estamos acostumbrados a vivir en una constante crisis, dada por la naturaleza inestable de nuestro trabajo. Pero nunca entendí, que por una partitura de una obra que voy a representar tuviera que pagar un impuesto del valor añadido, IVA, mayor que el de una novela de acción. Como ahora tampoco entiendo que estemos sufriendo un IVA en la cultura y los espectáculos mayor que el que se carga en la pornografía. No es, ni mucho menos, que esté en contra de los que disfrutan con imágenes de hermosos cuerpos al desnudo, pero la comparación me resulta insultante. Ofensiva.
Nos hemos convertido en un país, que como el tonto de la clase, sólo destaca en gimnasia y religión. Hay una placa que conmemora la victoria de la selección española de futbol en 2010 en la explanada del Puente del Rey, junto a la casa de campo. Supongo que eso era más importante que arreglar un parque, o un teatro. Estamos haciendo todo lo posible porque la educación religiosa, el proselitismo al fin y al cabo, el rapto más burdo de la libertad de pensamiento, se codee con las matemáticas y la historia en las aulas. Pero claro, hay que tener contento al diablo si hace falta; mal ejemplo en este caso…
En el fondo saben lo que son, lo que nosotros les hemos permitido; basura, parásitos sociales que ensucian más que sirven. Se enriquecen a nuestra costa, porque temen que al llegar al cielo no tendrán suficiente para comprar su parcelita. Pero hay que desengañarlos: por una parte no tendréis castigo, ladrones, estafadores, trileros, conspiradores, confesores, pederastas, tramposos, prevaricadores, troleros, avariciosos, embaucadores, aprovechados, hipócritas, violadores, usureros, vendedores de bulas, malversadores, salvapatrias… yo al menos no creo en ese tipo de justicia. Pero es que tampoco tendréis recompensa. No hay oro bastante para que vosotros entréis en el cielo. Es más, ya os oléis que no hay cielo, ¿verdad? Terminaréis en un hoyo, entre fango y guano. Donde os corresponde.


© Enrique R. del Portal, 2013

¡Corre, qué vamos a perder el bus!


 A Antonio Ceballos.


Podíamos haber ido andando al concierto, porque la plaza donde se celebraba no quedaba demasiado lejos de nuestro barrio, y aunque la noche era tibia, de primavera madrileña, la avanzada hora nos hizo preferir coger el autobús 34 para recorrer el trecho desde Oporto, por la calle General Ricardos, hasta el Parque de las Palmeras donde tenía lugar el concierto del grupo “Bus”. Yo conocía este grupo, aunque no los había escuchado nunca, porque mi primo Juan, al que tantas referencias musicales he debido siempre, les ayudaba con la instalación de luz y sonido, y siempre me decía que eran muy buenos. Así que allí nos presentamos en primera fila mi amigo y compañero de correrías de juventud, Antonio Ceballos y yo. Lo normal por aquellos días es que hubiese venido también Michel Feijoo, el tercer mosquetero, el tercer jedi… pero él era menos dado al rocanrol y al guitarreo que tanto nos gustaba a Antonio y a mí, de manera que aquella noche la fiesta era sólo para nosotros dos y “Bus”.

Conocí a Antonio casi por casualidad, unos años antes de la noche del concierto. Todavía éramos niños, y nuestros juegos eran inocentes. Fuera de los compañeros y amigos de colegio, mi pequeño círculo, “la banda”, éramos Pablo, Michel, Toñete y yo, que nos reuníamos en un enorme patio interior, todavía bajo la vigilante atención de nuestras madres. No recuerdo exactamente porqué, pero perdí muy pronto el contacto con Pablo y Toñete, quizá se mudaron sus padres, no estoy seguro. El caso es que un día, a la salida del colegio, había quedado con Michel para jugar con nuestros Madelman o nuestros Clics de Famóbil, a alguna batalla cósmica, seguramente, que era nuestra temática favorita en aquellos días y él había quedado con un compañero suyo del colegió que resultó ser Antonio. Ante el pequeño dilema, me ofreció ir con él y presentarnos ante su amigo para jugar los tres. Y así lo hicimos, llegamos a casa de Antonio que vivía en Camino Viejo de Leganés, muy cerca de mi calle, Castro de Oro. Fue un primer contacto óptimo, nos hicimos amigos al instante y descubrimos juntos, y compartimos, un montón de salidas nocturnas, música, chicas y nuestro amor por las guitarras. Pero eso ocurriría un poco después, ese día tocaba jugar a La Guerra de las Galaxias, con nuestros muñecos y una estupenda estación espacial que Antonio, tan hábil con sus manos, ensambló con unas cajas de embalar.
Pero a lo que íbamos; con el concierto a punto de comenzar estábamos, como os decía, en primera fila, y vimos que los asistentes eran esencialmente muy jóvenes y, sobre todo, heavys, roqueros, con sus chupas de cuero llenas de parches de distintos grupos; Saxon, Rainbow, Def Leppard, Iron Maiden, Judas Priest, Leño, Barón Rojo, Obús… muchas tachuelas y muchas cadenas… Antonio y yo nos quedamos mirando, ninguno de los dos sabíamos qué estilo tocaba el grupo estrella de la noche “Bus”, pero habíamos dado por hecho que harían rock, y del bueno, por las referencias que yo tenía de mi primo. Y en estas, vimos que los músicos salían al escenario y la banda se disponía a tocar. Tenían un aspecto anodino, con lo cual cualquier cosa podía empezar a soñar. El cantante y “frontliner“ de la formación hizo una somera presentación e invitó a la audiencia a bailar, y comenzó el concierto con “Frenesí” el célebre bolero de Alberto Domínguez…

“Quiero que vivas sólo para mi
Y que tú vayas por donde yo voy
Para que mi alma sea no más de ti
Bésame con frenesí”

Resultó, para disgusto de la metalera audiencia carabanchelera, y para nuestro tremendo regocijo, que “Bus” era una orquesta de versiones y no un “auténtico” grupo de rocanrol. Los decepcionados muchachos, en sus embutidos vaqueros se fueron marchando rápidamente, no sin algún improperio a la orquesta, y nosotros nos quedamos, no tanto por gusto a su repertorio, sino por disfrutar de su pericia como instrumentistas, que ya coqueteábamos también nosotros con tocar en grupos y componer nuestras canciones. No faltó la idea de que todos aquellos “jevilongos” habían confundido en el cartel del concierto a “Bus” con “Obús”, lo que aumentó nuestras risas hasta bien entrada la madrugada.

“¡Y yo sé bien!
¡Qué te quema la envidia!
¡Prepárate!
¡Va a estallar el obús!”

A pesar de todos los años que fuimos amigos y de las muchas cosas que compartimos, Antonio y yo nunca tocamos juntos en ningún grupo. Siempre tuvimos la idea y el proyecto en la cabeza, pero nuestras experiencias musicales fueron por separado. Su primer grupo fue “Límite”, con otros amigos del barrio, Elías a la guitarra y Tibu a la batería; y el mío fue “Línea 5”, que formé con Marcos al bajo, Jesús a la batería y Carlos como guitarra principal. Fuimos a muchos conciertos, escuchamos un buen montón de discos juntos. Una de nuestras formas preferidas de pasar una tarde era irnos a ver tiendas de música como Garijo, Leturiaga, Maxi o Bosco, donde mirábamos y admirábamos los instrumentos que soñábamos llegar a comprar, él el bajo y yo la guitarra. También nos unía la pasión por el cine, por los juegos de mesa, por las chicas y por los paseos, que, éstas sí, compartíamos con el tercer caballero, Michel.

No sé en qué momento exacto ni porqué nuestra amistad se deterioró hasta el punto de que las bromas se volvieron discusiones y estas dieron lugar a largas temporadas sin hablarnos y sin vernos. Quise retomar el contacto hace poco tiempo, y fue el fallido intento de resucitar algo ya perdido, que devino en una separación muy desagradable. Nuestros caracteres se habían vuelto demasiado competitivos e incompatibles, y creo que esta vez fue para siempre. Aun así, le recuerdo con cariño, o más bien con amor, a mi niñez y mi juventud, a todo lo que descubrimos juntos, a Mari Mar, a las dos Alicias… A veces le pegunto a Michel, el tercero en discordia, si sabe algo de él, pero también se rompió ese nexo. Me preguntó qué será de él, qué pensará y si recordará nuestra amistad como lo hago yo tan a menudo. Sé por terceros que sigue tan loco como entonces, y que hace de su vida una fiesta extraña y sórdida al borde del abismo. Pero cuando pienso en mis días de Castro de Oro, cierro los ojos y me veo en casa de Antonio, disputando una encarnizada partida de Risk, o corriendo, entre risas y bromas de quinceañeros, porque vamos a perder el bus que nos lleva a un concierto, o nos veo a los tres, bajando por General Ricardos, camino del cine Florida o del Salaberri o del España para ver una doble sesión, un sábado por la tarde.

Ojalá esa memoria permanezca siempre viva y me despierte esta misma sonrisa.


 ©® Enrique R. del Portal, 2022

Cine Las Margaritas


Como no tuve hermanos mis primos ocuparon ese espacio, especialmente el que siempre me faltó de hermano mayor, que desempeñaron en distintos momentos de mi vida mis primos José Enrique y Juan.  Hijos de la hermana pequeña de mi madre, Francisca, que en la familia siempre fue Paquita, a día de hoy, la última de las tres hermanas que queda viva; Nati, mi madre, que fue la primera en dejarnos y Tere, la segunda.
También tuve una unión especial con mis otros primos, Quique y Juan (vaya, todo iba de enriques y juanes…), hijos de Tere. De ellos heredé la pasión por el rock, creo que ya lo he comentado en alguna otra anécdota, pero la historia que hoy me viene a la memoria tiene como protagonistas a los primeros.
Era muy habitual que mi madre acompañase a mi padre en los viajes, bolos y giras; en parte para pasar todo el tiempo posible con él y en parte para vigilarle, así que a mí me tocaba pasar muchos días e incluso temporadas en casa de mis tíos, Paquita y su marido Isidro. Solía ser motivo de fiesta y alegría, y compartía con mis primos los juegos, los estudios, las trastadas, las regañinas… y alguna que otra pelea que siempre terminaba en una buena paz bilateral. Los acompañaba a las quedadas con sus amigos, y jugábamos juntos por las calles de aquel Parque de las Margaritas de Getafe de los últimos años setenta y primeros ochenta. Uno de los sitios que recuerdo con especial cariño es la piscina Costa de Vigo, que en cuanto el tiempo lo permitía, se convertía en una especie de “cuartel general de actos familiares”, y fue allí donde celebramos varias primeras comuniones y donde pasamos algunos de los momentos, primaverales y veraniegos, más felices de mi infancia.
Pero hay un local que tiene en mi memoria la categoría de templo, y es aquel cine de barrio donde vi tantas películas con mis primos, especialmente de miedo, que tan malos-buenos momentos me hicieron pasar, y que forjaron la afición que tuve (y conservo) por este género cinematográfico. Allí vi algunas como Miedo en la Ciudad de los Muertos Vivientes (Lucio Fulci, 1980), El Más Allá (L. Fulci, 1981), Humanoides del Abismo (Barbara Peeters, 1980), Viernes 13 (Sean S. Cunnigham, 1980), La Niebla (John Carpenter, 1980), ¿Qué sucedió entonces?  (Roy Ward Baker, 1967), Vinieron de Dentro de (David Cronenberg, 1975), Las Garras de Lorelei (Amando de Ossorio, 1974), La Noche del Terror Ciego (Amando de Ossorio, 1972), No Profanar el Sueño de los Muertos (Jorge Grau, 1974), Noche de Miedo (Tom Holland, 1985), Fuerza Vital (Tobe Hooper… 1985) y un buen montón de títulos más. Como veis, no todas podrían considerarse manjar para cinéfilos o distinguidos críticos de cine, y es que nuestro gusto era más bien de trazo grueso y nos encantaba el buen cine malo en el que la sangre artificial salpicase a borbotones.
No nos quedamos tan sólo en la pantalla grande y comenzamos a coleccionar libros y revistas de temas ocultos, parapsicología, ufología… Se me hace inolvidable la voz de Antonio José Alés, que escuchábamos atentos y ensimismados, en su programa de Radio Madrid “Media Noche” donde mezclaba reportajes sobre estos temas con radionovelas dramatizadas de relatos de terror, que retransmitían para promocionar la colección Biblioteca Universal de Misterio y Terror. Como no podía ser de otra forma, esta era la parte que más me gustaba, y hace bien poco terminé recopilando todos los números de aquella perdida colección.
Fue un gran disgusto cuando mis primos me contaron que habían cerrado la piscina Costa de Vigo, que terminó siendo una urbanización de alto standing y el cine Las Margaritas, que convirtieron en un pequeño centro comercial. Igual que desaparecieron el Avenida, el Cervera o el Palacio, como, al fin y al cabo, han desaparecido todos los cines de barrio de las capitales. En las visitas que les he hecho, o a mi tía Paquita, he pasado en alguna ocasión por la puerta, y he recordado con inmensa nostalgia aquellas dobles sesiones de sobresalto y escalofrío, de fantasmas, muertos vivientes y asesinos enloquecidos, y como José Enrique y Juan suplieron mi falta de hermanos mayores.
Pero solo he recordado a los primos por parte de madre, y también los tengo por parte de padre; Carlos, Emilio, David, Paco, Montse y Nati, hijos los tres primeros de Emilio, el hermano pequeño y los tres siguientes de Adela, la hermana mediana. Aunque ellos no tuvieron ese papel relevante de los hijos de las hermanas de mi madre. La vida quiso que muchos años más tarde, quizá en un irónico guiño, descubriese el secreto detalle de que sí tenía hermanos, mayores y menores… que mi padre había ido diseminando como aquellos monstruos marinos o espaciales de aquellas películas adoradas, que tenían la persistente manía de matar a los hombres y aparearse con sus mujeres. Después de todo, por mucho que insistió en acompañarle y vigilarle, mi madre fracasó en el intento. Pero, aunque también de “horror, pavor y terror”, esa es otra historia.


® Enrique R. del Portal, 2022

Cometa Halley.


Era la primera vez que salía de “bolos” como profesional.
A pesar de mi juventud (sólo tenía unos bisoños e insultantes 17 años) ya contaba con una pequeñita pero no desdeñable experiencia en coros de zarzuela. Eran ya varios veranos los que había participado en las temporadas del Centro Cultural de la Villa de Madrid, así que no era extraño que me ofrecieran participar aquellos dos días en el Festival de Zarzuela de La Solana, con un par de títulos del repertorio habitual.

Como estaba cursando COU en mi adorado Instituto San Isidro. Tuve que avisar a mis profesores que faltaría esos días por motivos de trabajo, llevando la preceptiva nota firmada por mi padre, que me autorizaba para ello. Y presumir que me iba “de gira” y despedirme de mi novieta de entonces, Nieves Mora Ariza, de COU C, de forma torpe y en exceso melodramática.

La mañana que salíamos hacia La Solana nos citaron en la Plaza de España a primera hora, Recuerdo a los compañeros, Carlos Bofil, Pedro García de las Heras, Roxana Esteve, Rafa Álvarez de Luna, con los que se había establecido un vínculo precioso, una amistad que siempre recordaré. El viaje fue una fiesta, preludio de los dos días que me esperaban fuera de casa, y aunque era una pequeña gira, el trabajo parecía una excusa ante la excitación que me dominaba.

No recuerdo especialmente el transcurso de las funciones que hicimos. Pudieron ser La Rosa del Azafrán, La Dolorosa y creo que algo de género chico madrileño. Sí recuerdo que compartí habitación con Carlos Bofil, aunque él lo hizo expresamente para ocultar el romance que por aquellos días tenía con la que luego fue su esposa, Roxana. Yo, como casi siempre me mantuve célibe, muy a mi pesar.
Después de las funciones del primer día, aprovechamos para pasar un rato en el hall del hotel, con la idea de disfrutar de la visión del cometa Halley, que aquel año, durante aquellos días, era visible en su visita a la Tierra. Ya avanzada la madrugada, el camarero del hotel, que aguardó amable y pacientemente todo el tiempo que quisimos estar allí, animó más la velada, poniendo música que nos acompañó en el mágico momento. No podía haber tenido mejor fondo musical aquel instante, Avalon, de Roxy Music, la invitación de mi compañera Rocío para bailar, aunque yo soñaba con hacerlo con la que había dejado en Madrid, y la cola del cometa diciéndonos adiós.


Now the party's over, I'm so tired
Then I see you coming, out of nowhere
Much communication, in a motion
Without conversation, or a notion
Avalon…

Intentamos estirar la noche, aunque no dio más de sí, y terminamos retirándonos a nuestras respectivas habitaciones, y algunos a las respectivas de otros…

Después de las funciones del segundo día volvimos a Madrid, y yo volví a la vida diaria del instituto. Nieves cortó conmigo, me examiné de COU, aprobé y empecé a organizar esta vida entre caótica y esperanzada.
Siempre que escucho Avalon recuerdo la noche del cometa, a Nieves, aquella sensación de debutante, y me invade la terrible certeza de que no llegaré a 2061.


 ® Enrique R. del Portal, 2022

viernes, 1 de julio de 2022

La guerra del abuelo Carlos


Ahora que recalo en Málaga con la gira de La Bella y la Bestia, recuerdo el orgullo con que mi abuelo Carlos, el padre de mi padre, nos hablaba a los nietos,  de su –y nuestro- apellido, Ruiz del Portal. Parece ser que es de origen sevillano, y es en estas dos ciudades, en la que más se encuentra este apellido, aunque hay unas bodegas en Logroño que también llevan nuestro nombre.
Recuerdo aquellas reuniones dominicales de la familia, en casa de los abuelos, y como Carlos nos enseñaba los recortes de un viejo suplemento del ABC, en el que se veía al general Primo de Rivera con su primer gabinete de gobierno, y en el que destacaba la figura del general de caballería Ruiz del Portal. No tuvo mi abuelo una preparación superior, como tantos españoles de su generación, ni destacó por sus convicciones políticas, aunque era más progresista que conservador, pese a ser católico. Y tenía más afecto a la república que al movimiento. Pero leyó mucho, y se relacionó con figuras importantes del teatro y la cultura desde su banqueta de limpiabotas.
Algunos años después, mientras me encontraba realizando el servicio militar, tuve que solicitar los servicios del hospital de campaña, por la heroica herida de guerra de haberme quemado por el sol, mientras realizaba la instrucción… El caso es que en el botiquín me atendieron, y al pedirme mis datos y decir mi nombre, el cabo primero sanitario me miró con sorpresa y me dijo: -¿Tú te apellidas Ruiz del Portal?, pues debemos ser primos, porque yo también soy Ruiz del Portal, me llamo Carlos.- -Como mi abuelo-, le contesté. Y comenzamos a buscar algún familiar común, o alguna rama que nos uniese. Aunque no lo encontramos, resultó que él, en su Málaga natal, había oído hablar del tío Carlos, que se fue a Madrid y se casó con Adela, mi abuela.
Esta feliz coincidencia, me valió un par de días de baja en el botiquín, que causaron mucha envidia en mis compañeros que seguían sufriendo la canícula de julio en Colmenar Viejo, mientras entrenaban sus dotes marciales. Y que yo aproveché para contarle a mí “primo” una de las anécdotas de guerra que conservaba del abuelo Carlos:
Después del alzamiento nacional de 1936, muchos militares sublevados, y algunos sospechosos de serlo, fueron encarcelados. En algunos casos de forma arbitraria e ilegal, y en otros, un poco más formalmente. Entre estos últimos se encontraba el teniente Torrijos, que sin ser un fascista convencido, había levantado las sospechas de haberse sublevado por sus críticas a la situación que sufría la República. Dado que no había una infraestructura adecuada para encerrar a todos estos militares, se les retenía en calabozos improvisados en comisarías, e incluso en hospitales, y le encargaban en ocasiones a algún civil, que se encargase de traerles alguna comida una o, como mucho, dos veces al día. Y fue mi abuelo Carlos, el encargado de llevar al teniente Torrijos y sus compañeros de celda algún sustento diario. Al poco tiempo, dado el carácter extrovertido de mi abuelo, y su bonhomía natural, ya recibía el amistoso apelativo de Carlitos, y mantenía entretenidas conversaciones con Torrijos y el resto de retenidos.
Un día, probablemente influido por su afición al vino, el abuelo apareció en la improvisada prisión con su guitarra. Y para solaz de los presos, les entretuvo con canciones e incluso enseñando a tocar a los más animados. Y así pasaron los meses que estuvieron entre rejas, más o menos nutridos y algo entretenidos.
Antes de que las tropas nacionales entrasen en Madrid, aquel grupo de presos fue trasladado y el abuelo Carlos no supo de ellos. Volvió a su trabajo habitual, en el café donde cada vez había menos parroquianos a los que limpiar los zapatos, y lo alternaba con la albañilería; siempre nos recordaba que había participado en la construcción del edificio de la Carrera de San Gerónimo, nº 36, que ahora ocupan dependencias del Congreso,  y como mi padre le llevaba la comida, andando desde Cuatro Caminos.
Terminada la guerra, el abuelo Carlos fue detenido y encarcelado. Aunque no había sido un republicano activo, tampoco había mostrado adhesión al movimiento, y dio con sus huesos en una cárcel en la que, como estaba ocurriendo en toda España, se hacía listas diarias de presos que eran fusilados;  las sacas.
Elaborando una de estas sacas, un teniente se fijó en un apellido poco usual que le llamaba la atención, pero no terminaba de ubicar, y bajó a las celdas, a ver a quien pertenecía ese nombre que tanto le sonaba. – ¡Pero Carlitos! ¿Qué haces tú aquí?- Ya ve usted, mi teniente, cosas de la guerra…- Imagino que el teniente Torrijos sonrió para sus adentros y recordó los ranchos que traía Carlitos, y los improvisados recitales de guitarra que entretuvieron su estancia en la comisaría madrileña, porque el caso es que el nombre de Carlos Ruiz del Portal Gutiérrez, fue tachado de cada saca que llevaba a los demás presos a un ignominioso final. Y fue excarcelado en algo menos de un año. No sé si podemos llamarlo justicia divina, o poética; prefiero pensar que la humanidad y el sentido común, se impusieron a los deseos de revancha y a la furia contra el enemigo que campaban en aquellos días.
El abuelo Carlos, terminó sus días en una modesta casita de la calle Oviedo, en el madrileño barrio de Cuatro Caminos. Contando a sus nietos anécdotas de la guerra, a veces terribles y a veces amables, y presumiendo de su amistad con las figuras a las que lustraba el calzado como Alfonso Paso, que llegó a regalarle una hermosa capa española. Murió viejo, quizá no tanto como hubiera podido, y es que su proverbial afición al vino terminó siendo incompatible con su hígado.
Siempre me he preguntado, si el teniente Torrijos echó algún trago de la bota del abuelo. Seguro que sí.


© Enrique R. del Portal, 2013

viernes, 11 de octubre de 2019

Micropoema #74


Ya nada detendría tu fuga,
ni que volvieras.
No se acabaría esta noche
aunque amaneciera.
Nada me salvaría de ti,
ya ni tú
               aunque quisieras.


 ©® Enrique R. del Portal, 2013

Al pan bread y al vino wine.

Escribí este texto hace más de diez años, cuando todavía no éramos la tercera capital del mundo de producción de teatro musical, pero lejos ...