viernes, 28 de octubre de 2022

Teatro del Miedo


Hace unas semanas, en el post Sangre artificial, os contaba mi pasión por el cine de terror, que lógicamente se extiende a todo lo relacionado con el miedo y el misterio.  Así que no os extrañará que cuando era un chaval, envidiase a los jóvenes anglosajones que celebraban el 31 de octubre y hacían gala de toda esa iconografía a medio camino entre lo tétrico y lo naif que impregna la fiesta de Halloween.

Ahora que está terminando de arraigar esta costumbre en España, resulta que me pilla un poco perezoso o, digámoslo abiertamente,  un pelín mayor, para andar disfrazándome de Freddy Krueger, Demonio del Averno u Hombre Invisible, pero me encanta ver como lo hacen los más jóvenes y animados,  y me resulta tremendamente divertido, ayudar a mis sobrinos, que disfrutan asustándonos con sus disfraces pavorosos y sus maquillajes sangrientos.  Así que para participar de este teatro del miedo, compartí con mis conocidos de las redes sociales, un par de fotografías que aludían a mi gusto por las calaveras y las acompañé con mis deseos de pesadillas para todos.

Algunos respondieron con una broma parecida, otros con un susto virtual, y muchos no le prestaron ninguna atención. Pero hubo uno en particular, que respondió compartiendo  conmigo un escrito en el que se advertía de los graves peligros que conlleva celebrar Halloween, aludiendo a su naturaleza esotérica, mezclando datos históricos con otros que no tanto, y citando de forma salvadora pasajes de la Biblia.  Le respondí, en tono conciliador, que aunque no compartía sus creencias y opiniones (ya sabéis que no creo en ningún dios, ni en la trascendencia, ni comparto una percepción mágica del mundo) eso podía dar lugar a un interesante debate, que en apenas tres frases se vio truncado por el ataque de furia y soberbia que sufrió mi contertulio, cuando le iba intentando rebatir su exposición, y especialmente cuando aludí a su prejuicio,  dado por su fe religiosa. ¡Para qué quieres más! Resulta que me había permitido el lujo de juzgarle y ofenderle por sus creencias, cuando él había comenzado espetándome lindezas como que yo no apreciaba ninguna moral (por el hecho de no ser creyente) o insinuando que los que celebran Halloween son en mayor o menor medida adeptos a la brujería y potenciales adoradores de Satán (en el que tampoco creo) dispuestos a sacrificar inocentes niñas vírgenes.

Para los que no lo sepan pongámonos en antecedentes: Halloween es una fiesta, sobre todo arraigada en el mundo anglosajón de mano de los irlandeses y que tuvo cierta representación en el noroeste español, que proviene del Sanhaim celta y el Calan Gaeaf britano, fiestas de finales de octubre, en las que se celebraba el comienzo del año, se hacía recuento de las existencias para el invierno, y se homenajeaba a los ancestros, ahuyentando a los malos espíritus y atrayendo a los buenos, ya que consideraban que en esta fecha, la frontera entre los dos mundos se debilitaba. Más adelante está fiesta se mezcló con la  de la cosecha en honor a Pomona que celebraban los romanos en las mismas fechas. Y en los siglos VIII y IX los católicos trasladaron la festividad de Todos los Santos del 13 de mayo al 1 de noviembre para asimilar la fiesta pagana.

Es innegable el carácter mágico que tendría esta fiesta originalmente, y no es nada extraño, que los grupos de cultos más oscuros, se hayan desviado hasta el punto de realizar sacrificios humanos o cualquier otra tropelía. No me sorprende lo ignorante y salvaje que puede llegar a ser el hombre. Pero tampoco deja de sorprenderme la actitud de ciertos sectores de la iglesia católica, y de muchos de sus adeptos. Estamos viviendo una época convulsa, extraña, es cierto, y tenemos que reconocer que algunos valores se han perdido, pero parece que quisieran recuperarlos y afianzarlos restaurando normas y estructuras más propias de la edad media que del siglo XXI.

Y cuando hablan de conocimiento e iluminación frente a lo esotérico, de luz frente a la oscuridad, parecen olvidar que desde siempre, la iglesia católica, y la práctica totalidad de religiones, no han tenido ningún rubor en practicar los más brutales métodos para mantener la pureza de sus cultos. Que han sacrificado al menos miles de personas por razones únicamente de conciencia, y que no han tenido tampoco ningún escrúpulo en oponerse los innumerables avances y conocimientos que hacían mejor la vida del ser humano. Pero creo, desde mi punto de vista, que lo peor de ese pensamiento mágico y fanático, de los fundamentalismos religiosos, es la constante obsesión de buscar demonios, tentaciones, pecados, pesadillas y tabús para aterrorizar a las personas hasta el punto de inmovilizarlas, de despojarlas de un pensamiento crítico y crear individuos fáciles de manipular y que no objeten principios y órdenes descabellados. En el cuerpo humano, en los comportamientos sexuales no reconocidos por ellos como aptos, en el amor entre personas del mismo sexo, en el libre-pensamiento, en la división necesaria entre estado e iglesia, y tantas, tantas cosas más. Todo son amenazas.

También aducía mi creyente interlocutor, que la fiesta en cuestión era una colonización cultural, una invasión de una fiesta que no nos pertenece. Algo en lo que en principio estaríamos de acuerdo, pero le recordé la cantidad de fiestas que se traspasan de una cultura a otra, y que sólo es una cuestión de tiempo el que se identifiquen como propias. Le recordé la cantidad de festividades que los católicos han heredado; que es una religión eminentemente sincrética, aunque en verdad todas lo son. Cité por ejemplo, que la fiesta del nacimiento de Cristo, es heredada de Roma, y que es la celebración del Sol Invictus, que veneraba al sol renacido. O el Día de Reyes, que se instaura el día de la celebración del nacimiento del tiempo, Aión, de los antiguos helenos.  Incluso la fiesta sobre la que debatíamos, tiene su correspondiente versión cristiana, como os indicaba al inicio del post, la Fiesta de Todos los Santos. Por cierto, se me olvidó preguntarle si celebra el día de los enamorados.

Pero con todo esto no hice sino empeorar la situación y el humor de mi creyente amigo, que se sintió extremadamente ofendido por mis argumentos, que el consideró un ataque abierto y formal. He de reconocer que ya no sé cómo hablar con algunos conocidos sobre este tema. Casi siempre que argumentas en contra de una creencia religiosa te pones en una situación de atacante intransigente, víctima de la moda laicista que está devastando Europa. Laicismo, otro demonio que aterroriza las conciencias católicas. Ya huelo el azufre en casa.

Me reconozco admirador de la figura del papa Francisco I, aunque no crea en su dios, su mensaje parece conciliador, honesto y lleno de bondad. Y si es cierto lo que parece ser una ráfaga de nuevos vientos para la momificada institución vaticana, no le va a ser nada fácil romper la inercia de los últimos 2000 años. Ya se están oyendo voces discordantes en su propia iglesia. Esperemos que la historia no se repita, y no decidan acabar limpiamente con esta nueva amenaza de lo establecido.

Ahora que lo pienso, esta curiosa anécdota, podía haber dado pié, no a este post, sino a un buen relato de miedo, en el que un espíritu demoníaco poseyera a un incauto usuario de facebook por compartir la imagen de una sonriente calabaza… Todo se andará.

 

© Enrique R. del Portal, 2013-2022

 

lunes, 12 de septiembre de 2022

Música después de la música.

 

“Somos criaturas musicales de forma innata, desde lo más profundo de nuestra naturaleza.”

-Stefan Koelsch-

 

¿Es la música un invento del hombre o un descubrimiento? ¿Hay algo anterior y superior a nosotros en la música? ¿Trasciende del mundo de lo sensible?

Estas preguntas pueden parecer algo extrañas, aparatosas, hasta trascendentes, y yo que nunca he sido una persona dada al sentimiento religioso ni excesivamente espiritual, y no tengo fe en lo mágico o trascendente, llevo una temporada dándole vueltas a éstas y algunas semejantes, porque me va inundando la certeza de que la música, que forma parte tan importante de nuestra cultura, de nuestro bienestar y nuestros estados de ánimo, tiene una identidad propia, se da en la naturaleza, de manera independiente y hasta ajena, a la creación artística del hombre.

Intuyo muchas pistas, que me llevan a esta percepción del “hecho musical”. Aunque es innegable, que la música, en la forma que nos es familiar, responde a una creación consciente del hombre, que obedece a estudio de los sonidos en el tiempo (melodía) y en el espacio (armonía), a lo que hay que añadir el ritmo. Pero estos tres elementos aparecen en la naturaleza, a veces de forma aislada y a veces conjunta. Ya Pitágoras, nos explica la relación de la matemática con los intervalos naturales, la relación aritmética que hay entre las longitudes y tonos emitidos por la cuerda pulsada del monocordio, instrumento de una sola cuerda en el que realizaba sus investigaciones musicales.  Es innegable que esa relación de los armónicos de un sonido está ya en la naturaleza, y que estructura la construcción de la música.

Me inclino a pensar que las primeras expresiones musicales de la humanidad tienen poco que ver con lo que más tarde será el hecho cultural en sí. La teoría de la “musicalidad como forma de comunicación prelingüística”  de Steven Mithen aventura la posibilidad nada remota, de que la música era un recurso habitual de comunicación entre los Neardenthal, siendo tan importante o incluso más y anterior al lenguaje articulado.

Aún hoy en día en la ribera del río Amazonas se encuentra un pueblo de apenas 150 habitantes, llamado Pirahá. El idioma de esta tribu tiene unas características que lo hacen muy peculiar, como ser uno de los más simples que se conocen, contar con apenas 10 fonemas o carecer de tiempo pasado. Pero lo que más me llama la atención es que la articulación de esta lengua, es tanto hablada como cantada o silbada.

Los pigmeos tienen una lengua en la que los chasquidos forman parte de su articulación, sonidos que en principio nada tienen que ver con el lenguaje articulado tal y como lo entendemos, además de contar con un conocimiento muy particular de la polifonía, equivalente a la que se practicaba en Europa en el siglo XVII.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel desarrolla un sistema filosófico en el que las artes en general y la música en particular, tienen una posición privilegiada. Para Hegel la música ejerce de intermediario entre lo absoluto o esencial y lo temporal. Y es en esa mediación donde el espíritu humano encuentra su verdadera esencia. Precisamente por la ausencia de “semanticidad” del lenguaje musical, es por lo que la música puede acercarnos al espíritu, la idea de las cosas materiales.

Me llama mucho la atención, no sólo de forma personal, sino intentando objetivarlo, el tremendo poder evocativo que tiene la música. Un lenguaje que llega más allá de donde llega cualquier descripción, o cualquier imagen. Una vibración que lleva directamente al sentimiento más íntimo, que nos sobrecoge, o nos transporta a otro tiempo y otro lugar. No se me ocurre ninguna época en la que la música no haya acompañado al hombre, en su alegría y su tristeza, en su nacimiento, en su plenitud y en su muerte. Y curiosamente, todas esas emociones son causadas por músicas similares en culturas diferentes, aún sin haberla escuchado previamente.

Creo que durante el devenir de la historia musical, los distintos estilos y las diferentes sonoridades, no son sino un intento de la humanidad por alcanzar esa armonía primigenia que seguimos sin desvelar en su totalidad. Humanidad que “encuentra” la música en su entorno, y la doma para su uso.

¿Cómo podríamos explicar que, sin ser un recurso estrictamente necesario para la supervivencia, la música provoque en nuestro cerebro reacciones tan profundas como las producidas por determinadas sustancias, por el deseo sexual, o por instintos básicos, como la alimentación? ¿Que los patrones de ritmo y melodía aparezcan en los del lenguaje?, como señala José Fco Zamorano Abramson, en su artículo “La Música, ¿evolución del lenguaje de las emociones? No cabe duda de que la música aun no siendo imprescindible para nuestra supervivencia, proporciona un placer tan intenso, que influye directamente en nuestro comportamiento, tanto individual como social.

Sospecho que algo primordial se esconde en la relación de los sonidos, y es quizá por lo que éstos en la naturaleza; el canto de los pájaros, los sonidos de un bosque, el ulular del viento, los distintos rugidos de animales y hasta el latido de los corazones, son como pequeñas piezas con la que se construirá el arte musical. No es que el arte imite la naturaleza, es que el arte está en la naturaleza.

 

Os pido perdón por divagar de esta forma. Quizás es por la avanzada hora de la madrugada, o porque está sonando “Queda la Música” de Luis Eduardo Aute:

 

“Miro el instante que ha fijado
la fotografía,
ríes con la timidez de quien
le avergüenza la risa.
Quince años que sujeto entre mis brazos
al compás del último disco robado.
Nada queda en ese trozo de papel,
todo es alquimia;
veo que es la prueba más veraz
de que todo es mentira.
Esos rostros ya no llevan nuestros nombres,
son dos máscaras perdidas en la noche,
pero, queda la música...”

 

Si pudierais escuchar la melodía que acompaña estas palabras, quizá podríais evocar vuestros más tiernos recuerdos, del amor, de la amistad o de la infancia. Probad ahora a poneros aquella canción y viajaréis a lugares desconocidos, a tiempos olvidados. Donde sólo la música puede llevarnos.

 

© Enrique R. del Portal 2013-2022


jueves, 28 de julio de 2022

Década prodigiosa


“A veces nos ilusiona un reencuentro. Nos acercamos por las verdes esquinas que solíamos. Procuramos mirar de igual modo, caminar de igual modo, sentir lo mismo. Inútil: ya no somos los que éramos. O, lo que es peor cada uno ha leído el común pasado de una forma distinta; es decir ya ni siquiera fuimos lo que fuimos. Hermético, el pasado nos rechaza: no tuvimos en él qué compartir; no hay reencuentro. Y cada cual se lleva lo que aportó, aunque no como lo aportó, sino gastado y desteñido, lo mismo que un regalo que alguien no aceptara y la lluvia y el tiempo ajaron luego”

La Regla de Tres  –Antonio Gala-

 

Reconozco mi desconfianza en los revivals. Tiene parte de encanto, y mucho de morbo, revisitar lo que ya viviste o disfrutaste, pero creo que se esconde una oscura dolencia de nuestro espíritu, una irresistible tendencia a no cortar ligaduras con el pasado. Y mira que soy de los que se regodea a menudo en la nostalgia, pero analizándolo con frialdad,  no me fío de mí mismo cuando buceo en esos sentimientos, cuando me pierdo en lo que fue o en lo que pudo ser.

Así me sucede, que cuando se puso de moda hace ya algunos años, todo lo relacionado con los ochenta, disfruté de lo lindo reconociéndome en las canciones que volvían a sonar, en aquellos maquillajes pretendidamente provocadores,  en aquellos peinados de colores, en las crestas, y en las camisas cruzadas. Reconozco que lo eché de menos otra vez; curiosa sensación, como de volver a perder lo perdido, pero la alerta volvió a saltar, y de nuevo desconfiaba de mis gustos.

Pero hay que entender que es lógico el apego que tenemos a la época en la que descubrimos la vida que nos rodeaba. En mi caso, como os digo, fue la década de los ochenta en Madrid. Mitificada hasta el extremo, manida y manipulada. Denostada por unos y amplificada por otros. Para mí, he de reconocer y confesar que fue mi década prodigiosa. No sé si mejor o peor que otras; quizá la Movida Madrileña fue una chispa que duró un instante,  un fulgor momentáneo de cuyo resplandor vivieron muchos vivillos. Quizá sea así, pero yo estuve allí con 17 años, descubrí las noches, la música, el sexo, el amor, la ilusión mezclada con angustia de recibir la citación que me llevaba a filas, la amistad, la esperanza, la frustración…

Mis primeros conciertos, que creo recordar que fueron de Glutamato Ye-Ye, Los Elegantes, Alarma!!!, Franco Battiato, o de Radio Futura, o quizá de The Police. O aquel de la Banda Municipal, en la plaza de Chamberí dirigido por Pablo Sorozábal. La primera vez que vi una representación de Luces de Bohemia, de Valle Inclán,  Historia de una Escalera, de Buero Vallejo. La Fille du Régiment, de G. Donizetti,   o  Isabel Reina de Corazones, de López Aranda. Las tardes de doble sesión en los cines del barrio, las películas de George Lucas y Steven Spielberg. Aquella sensación al salir del Cine Avenida de ver Blade Runner, de Ridley Scott,  y mirar a mis amigos Michel y Antonio sin saber qué decir, enmudecidos de la emoción. Fueron por aquel entonces mis primeros escarceos con aquella inafinable guitarra Bellwood, espantosa imitación de una Fender Telecaster. Las primeras canciones que me atreví a bosquejar, la primera vez que toqué en directo, con el grupo Línea 5, junto a Marcos al bajo y Jesús a la batería, en aquel Festival de la Canción Blanca de San Sebastián Mártir en el que nos descalificaron por poco píos.  La primera vez también que subí a un escenario a cantar zarzuela. Los primeros libros que leí y comenzaron a dejar poso, y que me llevaron a unos que a su vez me condujeron a  otros, también los leí en aquellos días. Cómo olvidar  El Centauro en el Jardín de Moacyr Scliar, El Hobbit, de J.R.R. Tolkien, La Verdadera Historia del Hombre Elefante, Joseph Merrick, de  Michael Howell y Peter Ford, Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez,  It, de Stephen King, Fundación, de Isaac Asimov, Más Allá del Bien y del Mal, de Sewel Stokes, o los versos de Neruda y de Mallarmé que le leía a Nieves Mora Ariza mientras me robaba el corazón entre las columnas del claustro del instituto San Isidro, y tantos, tantos otros. Todo empezaba entonces, no debéis extrañaros de que me esté pudiendo la lágrima del  recuerdo al gesto adusto de la  prudencia.

En la película de 1993 Una Historia del Bronx, dirigida por Robert de Niro, con guión de Chazz Palminteri, el personaje de éste último, el gánster Sonny, le dice a su protegido Calogero:

“En la vida de un hombre hay tres grandes amores, y aparecen cada diez años aproximadamente. Yo tuve los tres en el mismo año”.

Yo siento algo parecido con esta década. Es como si todo hubiera sucedido entonces, como si crecer y seguir con la vida, hubiera supuesto una repetición y no un nuevo descubrimiento. Como si al empezar a vivir, hubiera dejado de vivir.  Que al recorrer los lugares (los que quedan en pié) que frecuentaba entonces, es ahora cuando parecen recuerdos, sombras en blanco y negro, y la imagen de entonces fuese la verdadera. Dice mi amigo el tenor Mario Rodrigo, que lamenta enormemente no poder ver una película que le haya gustado, de nuevo por primera vez. Brillante. Y creo que eso es lo que me sucede con toda la vida en general. Quizá debamos acostumbrarnos a perder esa sensación de que las cosas están descubriéndose, y disfrutar de lo que ya conocemos. Y posiblemente por eso no dejo de desconfiar de ese sentimiento por mucho que me inunde de agridulce ternura, y me haga cerrar los ojos y sonreír, recordando aquella chaqueta de la que presumía y que hoy no me atrevería a llevar (tampoco me valdría).

Dudo de la sana intención de todos los grupos que han vuelto a reunirse para desgranar sus éxitos de entonces. Entiendo que tienen que llenar la nevera, y que lo tienen fácil, con todos nosotros,  los que recordamos aquellos días, aquellas canciones en El Penta, en La Vía Láctea,  en El Sol, en La Bobia, en El Kway, en Cayetano, en La Trainera, en Universal o en Rockola. Pero no se puede volver atrás, nada tiene el mismo sonido, ni el mismo color.

Dos años  antes de fallecer Antonio Vega, su grupo Nacha Pop iniciaba una gira, en la que grabaron un CD en directo y un DVD de su concierto en Madrid. Tanto la gira como la grabación del concierto tenían el título de Reiniciando 80-08, en clara alusión a aquel mítico Nacha Pop 80-88 grabado en directo en la sala Jácara, y haciendo patente una declaración de principios. Pero por mucho que quisieran reinventarse, no hacían sino revivir aquel pasado glorioso al que pertenecían, y no dejaba de ser como pintar un cuadro ya expuesto.

Ahora que afronto la vida con algo de experiencia, y que me involucro en nuevos proyectos deseando que me provoquen una sensación parecida o, al menos, tan intensa como aquellas propias de la bisoñez, me gustaría guardar algo de equilibrio entre mi natural cariño a las imágenes del pasado, y la certera sospecha de que sólo mirando hacia delante podré disfrutar de nuevos descubrimientos. Prefiero no cometer el error de Nacha Pop y grabar de nuevo el mismo disco que, a pesar de todo, por supuesto compré.

 

© Enrique R. del Portal, 2013-2022



jueves, 14 de julio de 2022

Huevos fritos


“A Nati, mi madre”


Siempre me he preguntado por qué unas comidas nos gustan y otras no, o la misma comida no gusta de la misma forma a distintas personas, o, incluso, por qué un sabor deja de gustarnos en algún momento de la vida y, por el contrario, descubrimos en un momento dado que algún alimento, ahora nos entusiasma.

Sí, ya sé que hay cientos de estudios sobre la percepción, sobre los sentidos, acerca de nuestras papilas gustativas y nuestra pituitaria. Son interesantísimos los trabajos sociológicos de los alimentos, y recuerdo que me entusiasmo la lectura de  “Bueno para comer; enigmas de alimentación y cultura” de Marvin Harris. Pero la teoría que tengo al respecto, bueno, no mía sino con la que estoy de acuerdo, es la conexión que hay entre el sabor de la comida y la felicidad, expresada sabia y poéticamente, por ejemplo, por Antonio Gala en el relato “Mejillones” o Joaquín Sabina en la canción “Pero qué hermosas eran”

Uno de mis primeros recuerdos es el patio que tenía la casa de mis padres. Un solar entre cuatro bloques de domicilios de un barrio obrero, donde los niños formábamos pandillas y hacíamos de aquel espacio una isla desierta por conquistar, un palacio asediado o un páramo de un planeta lejano.

La ventana de la cocina donde mi madre trajinaba daba a este patio, y le proporcionaba –y a las madres de mis amigos también- la tranquilidad de tenernos a la vista, mientras nosotros disfrutábamos de nuestros juegos infantiles, ese ratito que robábamos entre la salida del colegio y la hora de la comida. Todavía quedaba lejos la calle, alejarse del hogar.

También facilitaba que estuviéramos siempre disponibles a la llamada materna. Nunca podré olvidar la voz de mamá desde la ventana diciendo -¡Quique!- No había que preguntarse más ni dudar un momento; todo estaba dispuesto, la mesa puesta y había llegado la hora de comer. Aunque con cierta reticencia, porque significaba que iba llegando la tarde y había que volver al “cole”, no podíamos tardar. Y llegar a casa después del juego, siempre suponía que tenía asegurado un festín, alguna delicia con la que mi madre me regalaba el paladar, seguro.

Mamá era una mujer muy de su casa, me encantaba como cocinaba. Hija de una época en la que dedicarse a las tareas domésticas y no trabajar fuera de casa era muy habitual, incluso entre mujeres jóvenes. Tenía los estudios básicos, pero era muy avispada, y de una habilidad especial para la administración de la casa. Me inculcó valores esenciales y procuró siempre que yo fuera bueno, aunque no siempre lo consiguió.

Amaba por encima de todas las cosas a mi padre. Acompañarle en sus actuaciones, formar parte de las compañías donde cantaba, e incluso alguna vez, colaboró  en alguna de ellas, estando en el coro, haciendo figuración o ayudando en la sastrería. Más tarde, cuando hice del teatro también mi profesión, le encantaba igualmente venir a verme cantar. Acompañarme en el camerino y presumir con los compañeros de “mamá del artista”.

Era tierna, celosa de sus sentimientos y dada a las demostraciones de cariño, Le costaba hacer regalos sin un motivo justificado, pero cuando lo hacía intentaba agradar al agasajado, aunque siempre ajustaba el precio de sus gastos…

Recuerdo el primor con que cuidaba sus manos. Todas las tardes, una vez terminada la tarea, se arreglaba cuidadosamente para pasear, o ir a buscar a mi padre al teatro, o pasar un rato con las esposas de otros cantantes. Y siempre procuraba al salir de casa, untarse un poco crema Nivea para suavizar las manos, cansadas de tanto cacharro en la cocina, de tanta limpieza, y casi siempre perfumadas de lejía. Nunca olvidaré ese olor.

Tenía una acentuada sensibilidad que le hizo sufrir mucho en la vida. Tanto en su relación sentimental con mi padre, como en el trato con los amigos, o la familia. Con un gran sentido de la equidad, que acentuaba cualquier menosprecio que recibiese, aunque fuera involuntario.

En nuestra turbulenta relación familiar padre-madre-hijo (esto daría para un libro entero…), logré algo que había creído imposible. Los dos últimos años que vivió conseguí que estableciésemos una “relación civilizada” con mi padre y su segunda esposa. Llegaron incluso a visitar, estando ya mamá muy enferma, su casa, y pasar una tarde merendando con ella y conmigo.  Muestra de su ternura y su enfebrecido romanticismo es que lo último que le dijo a mi madrastra fue –Cuídalo por mí- refiriéndose a mi padre, claro. Es una verdadera lástima, y quizá uno de mis mayores fracasos, que aquellos desvelos por mantener esa familia unida terminasen en nada, y ahora que me faltan los dos, tengo claro que no se puede obligar a nadie a querer, y que hasta las relaciones familiares pueden ser tóxicas si no se purgan todos los conflictos del pasado. 

No dejo de pensar en ella. Y no puedo evitar que se asome  a mis labios una sonrisa, porque aunque la extrañe como a nada en la vida, su recuerdo me llena de felicidad y me obliga a intentar que se sintiera orgullosa de mí. Otra cosa que no estoy seguro de conseguir.

Ya hace cinco catorce que nos dejó. Aquel día estuvo rodeada de un puñado de gente que la queríamos, y una de sus últimas miradas fue con especial cariño a su cuñado, el esposo de su hermana Tere; mi querido tío Julián, del que yo siempre sospeché que estuvo un poco enamoriscada… En mi torpeza y nerviosismo procuré que tuviera una buena muerte, que sufriera lo menos posible, y la susurré que debía marchar en paz. Creo que lo consiguió, y aunque no creo en lo sobrenatural me gusta pensar que, de alguna forma, me acompaña y me cuida. Su memoria al menos lo hace.

Conservo infinidad de recuerdos, os lo podéis imaginar, todos tenemos madre…. Y me gusta potenciar los buenos y los alegres, y obviar los menos agradables, que son muy pocos. Pero si la felicidad tuviera forma, muy probablemente sería aquel patio de la calle Castro de Oro, la panda que formábamos  Pablo, Michel, Josete y yo jugando a la batalla de “La Isla del Fin del Mundo” y en medio de una escaramuza, la voz de mamá avisándome de la hora del rancho. Subir corriendo la escalera,  con la ropa llena de polvo, y después de una mirada de dulce regaño escuchar: –Anda Quique, que hoy te he hecho la comida que más te gusta-

Ya sabéis cual es, ¿no?


© Enrique R. del Portal, 2013-2022.


miércoles, 13 de julio de 2022

Paseante en Corte

 

“No se acaban las calles, no terminan de pasar”

-Nacha Pop-

 

Hoy me gustaría perderme. Perderme por las calles de Madrid. Buscar a cada momento una ruta que me lleve a un rincón desconocido o ya transitado, a una calleja oculta entre nuevas edificaciones.

Empezar, por qué no, en la Puerta del Sol. Junto a  la marquesina de la parada de la línea 17 del autobús. Cruzando la calle, en la acera de La Casa de Correos, mirar al oeste, y ver la silueta de San Ginés, recortándose sobre la calle Arenal.  Enfilar dirección a la calle Postas, para desembocar en la Plaza Mayor. Rodeado de gente de todo el mundo, galdosiano espectador de la vida, en vez de protagonista de la mía.

Decido bajar por la calle Toledo, y veo al fondo las torres de San Isidro, y junto a la colegiata, las ventanas del instituto. Acercarme,  entrar al claustro, mirar el silencio e imaginar que vuelvo a ser aquel estudiante. Han quitado la cantina, donde tantos cafés tomé.

Encaminarme hacia la calle San Bruno y desembocar en Grafal para girar a la derecha y llegar a Puerta Cerrada, donde empieza la calle Segovia, que me invita a descender hacia el río.  Seguir la cuesta y encontrar a la derecha el pasaje del Obispo, con la basílica de san Miguel al fondo. Un poco más abajo, a la izquierda, la escalinata de la travesía del Nuncio y a la derecha las calles del Doctor Letamendi, donde se encuentra la casa de Iván de Vargas donde vivió San Isidro,  y la del Cordón. A una manzana escasa está la plazuela de San Javier, donde Moreno Torroba, Federico Romero y  Guillermo Fernández-Shaw sitúan la acción de “Luisa Fernanda”, 

De este apacible rincón de Madrid,  
donde mis años de mozo pasé, 
una mañana radiante partí 
sin más caudal que mi fe… 

A la derecha se encuentra la fuente de las Vistillas, en el rincón de la plaza de la Cruz Verde.

Seguir descendiendo y encontrar, casi de pronto, el  viaducto de la calle Bailén, majestuoso, como un monstruo ancestral, pasar bajo él, no sin un poco de impresión. Dejando atrás a la izquierda la casa del Pastor, desviarme a la derecha, para coger la vereda  de los jardines del Emir Mohamed I que me lleva a la Cuesta de la Vega junto a La Almudena. Bajar por las cuestas que rodean los jardines de Boccherini. Llegar al paseo de Plasencia, que recorre el parque de Atenas, para atravesarlo y llegar al pequeño jardín infantil donde de niño, me traía mi padre a montar en los columpios.

Ahora estoy en Virgen del Puerto. A la derecha la verja de un jardín. Ojalá esté abierto.

Caminar despacio, en dirección a Príncipe Pío. Llegar a la puerta del Campo del Moro, y admirar la vista de la fachada oeste del Palacio Real. No es un lugar  demasiado conocido, pero  es un remanso en el ajetreo de la ciudad. Aquí parece que el rumor constante de la ciudad disminuye.  Entrar y pasear, como tantas veces, alejándome por un momento de la realidad. Acercarme a la rosaleda y robar una flor, para regalársela a uno de esos amores entre la niñez y la adolescencia que nos dejaron las marcas, que son tan nuestras como la geografía de nuestra piel. Rodeando el Chalecito de la Reina llegar hasta el mismo límite del Palacio. Ahora en obras por la construcción del Museo de Colecciones Reales, justo donde un día hubo una rocalla artificial, junto al estanque de la Cascada.

Saliendo del Campo del Moro, girar a la derecha y enfilar hacía la glorieta de San Vicente, para dirigirme hacia Plaza de España por la cuesta de San Vicente. Al llegar al cruce con la calle Bailén, dejando a la derecha los jardines de Sabatini, cambiar de rumbo, para dirigirme al parque del Templo de Debod, y recorrer todo el perímetro de la montaña del Príncipe Pío, por una senda, apenas dibujada,  que hay entre los arbustos, en paralelo a la calle Irún. Un paraje que todavía conserva el olor de mi juventud, de juegos y escapadas. El camino de los amigos lo llamo, como en el poema Memoria de Árboles;

En ese lugar arañamos nuestros nombres,
en aquella vieja acacia que resistía
los embates de la contaminación.
Y tanto creció la ciudad
que se llevó la sombra de vuestros nombres y el mío.

La tarde ya empieza a declinar. Mirar, ahora ya a lo lejos, el puente de Segovia, y más allá, hacía el sur, el comienzo de Carabanchel. Continuar por las escaleras del Parque de la Montaña, hasta volver junto al Templo de Debod.  Ahí parar un instante, para ver la imponente vista de la Casa de Campo, y más allá Pozuelo, Humera y Aravaca. De ahí, cruzando Ferraz, tomar la calle Evaristo San Miguel, andando despacio cuando al cruzar con Martín de los Heros, para contemplar el colegio Fray Luis de León, en cuyo teatro, en 1983, canté por primera vez en un coro profesional.

Después de desembocar en la calle de la Princesa, y volver al ruidoso ajetreo del tráfico. Dudar un momento, si girar en dirección a Moncloa o volver a la Plaza de España. Gana la Plaza de España, donde el día ya se va apagando. Y desde ahí, subir por la calle Leganitos y, sin prisa,  desembocar en la plaza de Santo Domingo; todavía no hay puestos, creo que no los pondrán hasta octubre. Tomar Jacometrezo para llegar a la plaza de Callao, y cruzar a la otra acera de la Gran Vía. Yendo dirección a Red de San Luis, imaginar las carteleras de cines y teatros que ya no existen, y sobre cuyas plateas fantasmas ahora campan enormes supermercados de moda conviviendo con musicales de Broadway. Tampoco existe ya la cafetería Zahara. Todo cambia.

Girar a la izquierda y subir por la calle Valverde, ya casi completa la noche, para llegar a la calle Colón, y a la izquierda dejar la plaza de San Ildefonso. Mientras avanzo por la Corredera Alta de San Pablo, pienso en los locales míticos de Madrid que había por aquella zona; Ágapo, Elígeme… y algunos que resisten, como La Vía Láctea o El Penta. Lugares donde pasé algunos de los momentos más divertidos de mi juventud.

Al llegar a Velarde con Fuencarral, dejar atrás la recién bautizada plazuela de Antonio Vega, y enseguida desviarse a la derecha para tomar la calle Apodaca, y en Mejía Lequerica girar a la derecha para enseguida subir hacia Sagasta por Beneficencia e inmediatamente después por Hermanos Álvarez Quintero. Decido andar lo que queda de Sagasta para llegar a la glorieta de Alonso Martinez, y desde ahí bajar por Génova hasta la plaza de Colón. Bajar por la acera de la izquierda para ver el escaparate de la librería Pasajes. Llegar por fin a Colón, la meta de mi paseo.

Ya es noche cerrada, aunque apenas son la 11 de la noche. Y la luz de este Madrid en Junio, es casi tan viva como la de mediodía. Me siento un rato en la base del monumento a Colón, que ahora está en el centro de la glorieta. Contemplo la noche urbana, el ir y venir de transeúntes y automóviles. Es siempre la misma ciudad, aunque cambie. La adoro; insufrible pero insustituible.  Debería regresar a casa, pero caminaré un rato más. Tomando el Paseo de Recoletos, en dirección a la plaza de Cibeles, y después Atocha, y la Ronda de Toledo. Nunca termino de recorrer las calles. También me hubiera gustado ver el atardecer desde la Plaza de la Armería, o desde las Vistillas, pero nunca hay tiempo para el paseo perfecto. Seguiré intentándolo.

© Enrique R. del Portal, 2013-2022




lunes, 11 de julio de 2022

Post en forma de poema


Se puede morir de amor;
Yo lo hago casi todos los días,
y si no, plácidamente me suicido,
pero a esa hora mágica y feliz de la tarde, 
cuando la luz es tinta dorada y los edificios se derriten,
para no tener que trasnochar en la duda.
Entonces vuelvo a la que fuera mi casa, 
caminando por el borde del llanto mismo,
encontrando un extraño escenario azul,
ataviado fuera de época.
Y ya no poseo nada,
no tengo nada más que una mochila de trapo,
que se abre y se vierte mientras camino,
para dejarme las tripas a la vista, 
con el alma privatizada.
 
Continúo porque no recuerdo 
que la cuesta de aquella calle
llegase tan aquí adentro;  
tan lejos de entonces.
Y los adoquines me sonríen
entre caprichosos y corteses,
que se me escapa el aliento en este paseo de latidos,
en este latido pétreo, 
en cada brizna de polvo ausente,
en esta imagen banal de momentos trascendentales. 
 
Miro con repetida intensidad la ventana que quedó cerrada
después de que te fuiste,
para comprobar que allí habita sólo una borrosa copia
de tus huellas, 
de tu rastro.
Lo confundo con tristeza que no es
hibridándome entre una sonrisa de dientes afilados
y la frivolidad de mentir.
 
Siguen tirando mis pies de mí,
hacia la esquina donde te esperé tan adolescente,
tan puro, tan impuro y tan solemne,
para que al final de todo no te me llegaras.
Ahora que ya he muerto tengo que volver
a lo de cada día, 
a las risas y los espantos 
de todo lo que sucede sin sentido,
a este teatro cada vez más pequeño
y por contra más vacío, 
a este ya no salir el sol, a esta incertidumbre.
 
Escuchar, componer,
tal vez escribir para encontrarme un poco a mí mismo,
para justificar el rubor de no miraros a los ojos.
Tal vez huir, o vivir en la huida.
Entender porque Marta me reprocha 
que siempre busco el mismo poema, 
que siempre merodeo por la misma historia.
 
Porque así
se puede sujetar esta brillante ruina,
camuflar los años vestidos de otros años,
llenar el vacío de la luz con acordes apagados.
Se puede anestesiar está constante fuga de vida derramada.
Claro que se puede;
yo lo hago casi todos los días.
 

© Enrique R. del Portal, 2013 
 
 

Cuarentenario


Llevaba unos días pensando que quería escribir algo para recordar que se cumplen 40 años de mi inicio como profesional en el escenario. En aquel ya lejano 1982, me ofrecieron salir como figurante en Gigantes y Cabezudos llevando a la Virgen del Pilar en andas, en la solemne escena de la salve, y acepté ¡claro! ¿cómo rechazar esas 500 pesetas diarias? ¡Qué fortuna! Era la última semana de la temporada veraniega de zarzuela del Centro Cultural de la Villa de Madrid, ahora también Teatro Fernando Fernán Gómez, que había protagonizado la Compañía Ases Líricos, que formaron Evelio Esteve, Fernando Aranda (que además de empresario era tenor cómico) y un tercer socio. Esas temporadas y esa compañía tuvieron una época dorada en la década de los ochenta, contando con el favor absoluto del público y marcando un cénit que no se volvió a superar.

Y en estas ideas andaba cuando me entero del fallecimiento de Evelio Esteve, por un mensaje de su hija Raquel Esteve. El primer empresario de Ases Líricos, que además era un espléndido tenor, ¿qué digo además? Era sobre todo un magnífico tenor. La noticia me ha llenado de pena, y me ha hecho recordar esos días, en los que, con catorce años, empezaba a vivir el teatro, que ya nunca abandonaría.

Evelio era un tenor de voz grande y densa, con un inconfundible fraseo y facilidad para un agudo amplio y generoso. El motivo de que yo anduviera por el teatro es que Evelio y sus socios contaban con mi padre, Enrique del Portal, como tenor también de su compañía. ¡Cuánta envidia tenía de Evelio y su voz… Sin embargo, él ofrecía un saber estar en el escenario y un poso actoral en los personajes de los que Evelio carecía, posiblemente se complementaban y hacían así muy atractivo el repertorio. Si Evelio destacaba vocalmente en Marina o Luisa Fernanda, mi padre hacía una creación de Bohemios, La del Manojo de Rosas o La Verbena de la Paloma.

Y allí andaba yo, antes de que me ofrecieran el destacado, para mí, puesto de figurante, entre cajas y en los pasillos del teatro, jugando con los hijos de otros artistas; Mari Cruz Álvarez, Roxanna Esteve (hija de Evelio, que un par de años después sería una estupenda tiple cómica), Hugo Fernández (que llegó a ser regidor del Teatro Real) o Rafa Castejón (hijo de Rafael Castejón y también espléndido actor).

Creo que aquel verano de 1982, se mezclaron el niño, el adolescente y el adulto que prometía ser. Recuerdo los juegos, los paseos, los amoríos…  Recuerdo las tardes con mis amigos Michel y Antonio, que también venían a acompañarme al teatro, para tortura de mi padre… o los paseos que dábamos, descubriendo un Madrid que rompía como un mar en el rompeolas. Recuerdo las tardes con Michel, ojeando libros y cómics en Espasa Calpe, jugando a ser intelectuales de pro; Las meriendas en el McDonald´s de Red de San Luis, con Michel y Mari Cruz, o el paseo con ella, que me llevó a descubrir El Campo del Moro, regio escenario donde por primera vez una muchacha me cogió la mano y me besó. “estaba empezando a queré” como dice Rafael de León en su Profecía.

Y todas esas tardes, todos esos juegos, y todos los caminos de aquel verano, confluían en ese Centro Cultural de la Villa de Madrid, donde continuábamos nuestras trastadas, recibiendo muchas veces ejemplares regañinas; cómo olvidar a Fernando Aranda sorprendiéndonos con el atrezzo de Los Gavilanes, como si fuera nuestro equipamiento para una batalla que iba a tener lugar en el foso del teatro…

No sé si estaba destinado a dedicarme al teatro como mi padre, pero es innegable que lo hice porque aquella vez me vistieron de maño y salí con más miedo que vergüenza a sujetar la imagen de la Virgen. Y que el verano siguiente me ofrecieron ser corista. ¡Corista! ¡Ya iba estando más cerca de las marquesinas de neón…! -seguro que llegué a pensar-. Y quien me lo ofreció fue Evelio Esteve, y por eso, siento este eco de pena, como si me hubieran quitado uno de aquellos recuerdos, situados entre la niñez, la adolescencia, y el adulto que no sé si he llegado a ser.


® Enrique R. del Portal, 2022

Al pan bread y al vino wine.

Escribí este texto hace más de diez años, cuando todavía no éramos la tercera capital del mundo de producción de teatro musical, pero lejos ...