eran del priner colono
que se atreviese a llegar
y poner su enseña como bandera.
No tenían final,
calcitrantes e inevitables.
¡cómo amé y cómo extraño tus caderas!
Hace unas semanas, en el post Sangre artificial, os contaba mi pasión por el cine de terror, que lógicamente se extiende a todo lo relacionado con el miedo y el misterio. Así que no os extrañará que cuando era un chaval, envidiase a los jóvenes anglosajones que celebraban el 31 de octubre y hacían gala de toda esa iconografía a medio camino entre lo tétrico y lo naif que impregna la fiesta de Halloween.
Ahora que está terminando de
arraigar esta costumbre en España, resulta que me pilla un poco perezoso o,
digámoslo abiertamente, un pelín mayor,
para andar disfrazándome de Freddy Krueger, Demonio del Averno u Hombre Invisible,
pero me encanta ver como lo hacen los más jóvenes y animados, y me resulta tremendamente divertido, ayudar
a mis sobrinos, que disfrutan asustándonos con sus disfraces pavorosos y sus
maquillajes sangrientos. Así que para
participar de este teatro del miedo, compartí con mis conocidos de las redes
sociales, un par de fotografías que aludían a mi gusto por las calaveras y las
acompañé con mis deseos de pesadillas para todos.
Algunos respondieron con una
broma parecida, otros con un susto virtual, y muchos no le prestaron ninguna atención.
Pero hubo uno en particular, que respondió compartiendo conmigo un escrito en el que se advertía de
los graves peligros que conlleva celebrar Halloween, aludiendo a su naturaleza esotérica,
mezclando datos históricos con otros que no tanto, y citando de forma salvadora
pasajes de la Biblia. Le respondí, en
tono conciliador, que aunque no compartía sus creencias y opiniones (ya sabéis
que no creo en ningún dios, ni en la trascendencia, ni comparto una percepción
mágica del mundo) eso podía dar lugar a un interesante debate, que en apenas
tres frases se vio truncado por el ataque de furia y soberbia que sufrió mi contertulio,
cuando le iba intentando rebatir su exposición, y especialmente cuando aludí a
su prejuicio, dado por su fe religiosa.
¡Para qué quieres más! Resulta que me había permitido el lujo de juzgarle y ofenderle
por sus creencias, cuando él había comenzado espetándome lindezas como que yo
no apreciaba ninguna moral (por el hecho de no ser creyente) o insinuando que
los que celebran Halloween son en mayor o menor medida adeptos a la brujería y
potenciales adoradores de Satán (en
el que tampoco creo) dispuestos a sacrificar inocentes niñas vírgenes.
Para los que no lo sepan
pongámonos en antecedentes: Halloween es una fiesta, sobre todo arraigada en el
mundo anglosajón de mano de los irlandeses y que tuvo cierta representación en
el noroeste español, que proviene del Sanhaim
celta y el Calan Gaeaf britano,
fiestas de finales de octubre, en las que se celebraba el comienzo del año, se
hacía recuento de las existencias para el invierno, y se homenajeaba a los
ancestros, ahuyentando a los malos espíritus y atrayendo a los buenos, ya que
consideraban que en esta fecha, la frontera entre los dos mundos se debilitaba.
Más adelante está fiesta se mezcló con la de la cosecha en honor a Pomona que celebraban los romanos en las mismas fechas. Y en los
siglos VIII y IX los católicos trasladaron la festividad de Todos los Santos
del 13 de mayo al 1 de noviembre para asimilar la fiesta pagana.
Es innegable el carácter
mágico que tendría esta fiesta originalmente, y no es nada extraño, que los
grupos de cultos más oscuros, se hayan desviado hasta el punto de realizar
sacrificios humanos o cualquier otra tropelía. No me sorprende lo ignorante y
salvaje que puede llegar a ser el hombre. Pero tampoco deja de sorprenderme la
actitud de ciertos sectores de la iglesia católica, y de muchos de sus adeptos.
Estamos viviendo una época convulsa, extraña, es cierto, y tenemos que
reconocer que algunos valores se han perdido, pero parece que quisieran
recuperarlos y afianzarlos restaurando normas y estructuras más propias de la
edad media que del siglo XXI.
Y cuando hablan de
conocimiento e iluminación frente a lo esotérico, de luz frente a la oscuridad,
parecen olvidar que desde siempre, la iglesia católica, y la práctica totalidad
de religiones, no han tenido ningún rubor en practicar los más brutales métodos
para mantener la pureza de sus cultos. Que han sacrificado al menos miles de
personas por razones únicamente de conciencia, y que no han tenido tampoco
ningún escrúpulo en oponerse los innumerables avances y conocimientos que hacían
mejor la vida del ser humano. Pero creo, desde mi punto de vista, que lo peor
de ese pensamiento mágico y fanático, de los fundamentalismos religiosos, es la
constante obsesión de buscar demonios, tentaciones, pecados, pesadillas y tabús
para aterrorizar a las personas hasta el punto de inmovilizarlas, de
despojarlas de un pensamiento crítico y crear individuos fáciles de manipular y
que no objeten principios y órdenes descabellados. En el cuerpo humano, en los
comportamientos sexuales no reconocidos por ellos como aptos, en el amor entre
personas del mismo sexo, en el libre-pensamiento, en la división necesaria
entre estado e iglesia, y tantas, tantas cosas más. Todo son amenazas.
También aducía mi creyente
interlocutor, que la fiesta en cuestión era una colonización cultural, una
invasión de una fiesta que no nos pertenece. Algo en lo que en principio
estaríamos de acuerdo, pero le recordé la cantidad de fiestas que se traspasan
de una cultura a otra, y que sólo es una cuestión de tiempo el que se identifiquen
como propias. Le recordé la cantidad de festividades que los católicos han
heredado; que es una religión eminentemente sincrética, aunque en verdad todas
lo son. Cité por ejemplo, que la fiesta del nacimiento de Cristo, es heredada de Roma,
y que es la celebración del Sol Invictus,
que veneraba al sol renacido. O el Día
de Reyes, que se instaura el día de la celebración del nacimiento del
tiempo, Aión, de los antiguos
helenos. Incluso la fiesta sobre la que
debatíamos, tiene su correspondiente versión cristiana, como os indicaba al
inicio del post, la Fiesta de Todos los
Santos. Por cierto, se me olvidó preguntarle si celebra el día de los
enamorados.
Pero con todo esto no hice
sino empeorar la situación y el humor de mi creyente amigo, que se sintió extremadamente
ofendido por mis argumentos, que el consideró un ataque abierto y formal. He de
reconocer que ya no sé cómo hablar con algunos conocidos sobre este tema. Casi
siempre que argumentas en contra de una creencia religiosa te pones en una
situación de atacante intransigente, víctima de la moda laicista que está
devastando Europa. Laicismo, otro demonio que aterroriza las conciencias
católicas. Ya huelo el azufre en casa.
Me reconozco admirador de la
figura del papa Francisco I, aunque
no crea en su dios, su mensaje parece conciliador, honesto y lleno de bondad. Y
si es cierto lo que parece ser una ráfaga de nuevos vientos para la momificada
institución vaticana, no le va a ser nada fácil romper la inercia de los
últimos 2000 años. Ya se están oyendo voces discordantes en su propia iglesia.
Esperemos que la historia no se repita, y no decidan acabar limpiamente con
esta nueva amenaza de lo establecido.
Ahora que lo pienso, esta
curiosa anécdota, podía haber dado pié, no a este post, sino a un buen relato
de miedo, en el que un espíritu demoníaco poseyera a un incauto usuario de
facebook por compartir la imagen de una sonriente calabaza… Todo se andará.
© Enrique R. del Portal, 2013-2022
“Somos criaturas musicales de forma innata, desde lo más profundo de nuestra naturaleza.”
-Stefan Koelsch-
¿Es la música un invento del
hombre o un descubrimiento? ¿Hay algo anterior y superior a nosotros en la música?
¿Trasciende del mundo de lo sensible?
Estas preguntas pueden parecer
algo extrañas, aparatosas, hasta trascendentes, y yo que nunca he sido una
persona dada al sentimiento religioso ni excesivamente espiritual, y no tengo
fe en lo mágico o trascendente, llevo una temporada dándole vueltas a éstas y
algunas semejantes, porque me va inundando la certeza de que la música, que
forma parte tan importante de nuestra cultura, de nuestro bienestar y nuestros
estados de ánimo, tiene una identidad propia, se da en la naturaleza, de manera
independiente y hasta ajena, a la creación artística del hombre.
Intuyo muchas pistas, que me
llevan a esta percepción del “hecho musical”. Aunque es innegable, que la
música, en la forma que nos es familiar, responde a una creación consciente del
hombre, que obedece a estudio de los sonidos en el tiempo (melodía) y en el
espacio (armonía), a lo que hay que añadir el ritmo. Pero estos tres elementos
aparecen en la naturaleza, a veces de forma aislada y a veces conjunta. Ya Pitágoras, nos explica la relación de
la matemática con los intervalos naturales, la relación aritmética que hay
entre las longitudes y tonos emitidos por la cuerda pulsada del monocordio,
instrumento de una sola cuerda en el que realizaba sus investigaciones
musicales. Es
innegable que esa relación de los armónicos de un sonido está ya en la
naturaleza, y que estructura la construcción de la música.
Me inclino a pensar que las primeras
expresiones musicales de la humanidad tienen poco que ver con lo que más tarde
será el hecho cultural en sí. La teoría de la “musicalidad como forma
de comunicación prelingüística” de Steven Mithen aventura la posibilidad nada
remota, de que la música era un recurso habitual de comunicación entre los Neardenthal, siendo tan importante o
incluso más y anterior al lenguaje articulado.
Aún hoy en día en la ribera del río
Amazonas se encuentra un pueblo de apenas 150 habitantes, llamado Pirahá. El idioma de esta tribu tiene
unas características que lo hacen muy peculiar, como ser uno de los más simples
que se conocen, contar con apenas 10 fonemas o carecer de tiempo pasado.
Pero lo que más me llama la atención es que la articulación de esta lengua, es
tanto hablada como cantada o silbada.
Los pigmeos tienen una lengua
en la que los chasquidos forman parte de su articulación, sonidos que en
principio nada tienen que ver con el lenguaje articulado tal y como lo
entendemos, además de contar con un conocimiento muy particular de la
polifonía, equivalente a la que se practicaba en Europa en el siglo XVII.
Georg Wilhelm Friedrich Hegel desarrolla un sistema filosófico en el que las
artes en general y la música en particular, tienen una posición privilegiada.
Para Hegel la música ejerce de intermediario entre lo absoluto o esencial y lo
temporal. Y es en esa mediación donde el espíritu humano encuentra su verdadera
esencia. Precisamente por la ausencia de “semanticidad” del lenguaje musical,
es por lo que la música puede acercarnos al espíritu, la idea de las cosas
materiales.
Me llama mucho la atención, no
sólo de forma personal, sino intentando objetivarlo, el tremendo poder
evocativo que tiene la música. Un lenguaje que llega más allá de donde llega
cualquier descripción, o cualquier imagen. Una vibración que lleva directamente
al sentimiento más íntimo, que nos sobrecoge, o nos transporta a otro tiempo y
otro lugar. No se me ocurre ninguna época en la que la música no haya
acompañado al hombre, en su alegría y su tristeza, en su nacimiento, en su
plenitud y en su muerte. Y curiosamente, todas esas emociones son causadas por
músicas similares en culturas diferentes, aún sin haberla escuchado
previamente.
Creo que durante el devenir de
la historia musical, los distintos estilos y las diferentes sonoridades, no son
sino un intento de la humanidad por alcanzar esa armonía primigenia que seguimos
sin desvelar en su totalidad. Humanidad que “encuentra” la música en su
entorno, y la doma para su uso.
¿Cómo podríamos explicar que, sin ser un recurso estrictamente
necesario para la supervivencia, la música provoque en nuestro cerebro
reacciones tan profundas como las producidas por determinadas sustancias, por
el deseo sexual, o por instintos básicos, como la alimentación? ¿Que los patrones de ritmo y melodía
aparezcan en los del lenguaje?, como
señala José Fco Zamorano Abramson,
en su artículo “La Música, ¿evolución del lenguaje de las emociones?” No cabe
duda de que la música aun no siendo imprescindible para nuestra supervivencia, proporciona
un placer tan intenso, que influye directamente en nuestro comportamiento,
tanto individual como social.
Sospecho que algo primordial
se esconde en la relación de los sonidos, y es quizá por lo que éstos en la
naturaleza; el canto de los pájaros, los sonidos de un bosque, el ulular del
viento, los distintos rugidos de animales y hasta el latido de los corazones,
son como pequeñas piezas con la que se construirá el arte musical. No es que el
arte imite la naturaleza, es que el arte está en la naturaleza.
Os pido perdón por divagar de esta
forma. Quizás es por la avanzada hora de la madrugada, o porque está sonando
“Queda la Música” de Luis Eduardo Aute:
“Miro el instante que ha fijado
la fotografía,
ríes con la timidez de quien
le avergüenza la risa.
Quince años que sujeto entre mis brazos
al compás del último disco robado.
Nada queda en ese trozo de papel,
todo es alquimia;
veo que es la prueba más veraz
de que todo es mentira.
Esos rostros ya no llevan nuestros nombres,
son dos máscaras perdidas en la noche,
pero, queda la música...”
Si pudierais escuchar la
melodía que acompaña estas palabras, quizá podríais evocar vuestros más tiernos
recuerdos, del amor, de la amistad o de la infancia. Probad ahora a poneros
aquella canción y viajaréis a lugares desconocidos, a tiempos olvidados. Donde
sólo la música puede llevarnos.
© Enrique R. del Portal 2013-2022
Escribí este texto hace más de diez años, cuando todavía no éramos la tercera capital del mundo de producción de teatro musical, pero lejos ...