jueves, 13 de abril de 2023

Calcitrantes e inevitables.


No tenían linde;
eran del priner colono
que se atreviese a llegar
y poner su enseña como bandera.
No tenían final,
calcitrantes e inevitables. 
¡cómo amé y cómo extraño tus caderas! 



 ©® Enrique R. del Portal, 2023.

viernes, 31 de marzo de 2023

Hubiera podido ser yo.


“Al ver que no sonaba el teléfono 
supe de inmediato que eras tú “

- Dorothy Parker-

Hubiera podido ser yo 
el que abriese las esclusas
de tus sueños húmedos 
para regar los secanos y el esparto
de la madrugada.
El que esperase impaciente,
en el andén del deseo,
el momento justo de los aullidos
y de cruzar con los tuyos mis dedos.
Hubiera podido atender
eternamente el buzón de recuerdos,
y estar recibiendo llamadas
de alguien cuya voz (asombrosamente)
me recordase a la tuya.
No habría puesto objeción 
a compartir los hijos que no tengo
y, perezoso pero feliz,
ir a buscarlos a la puerta del futuro
mientras tu aguardabas en otra estación,
en otra vida y otro tiempo.
Hubiera podido ser yo
el que llevase el duelo de tu ida
y celebrase el regreso cotidiano.
Pero aquí estoy, deslumbrado,
en esta esquina de la noche
en la que sé que nunca volveremos 
a vivir ni ser 
aquellos que nunca fuimos,
y aquello que nunca fue.


©® Enrique R. del Portal, 2023

miércoles, 22 de marzo de 2023

Y por qué escribo


Quizá porque, a veces,
demasiadas,
me importa más lo escrito
que lo vivido.
Igual porque los recuerdos
son más una fantasía
de lo que hubiera querido
que un registro fiel
de lo sucedido.
Probablemente porque
traducirme en palabras 
es la más extraña forma, 
y más dulce a la vez, 
de sentirme vivo.



 ©® Enrique R. del Portal, 2023

lunes, 13 de marzo de 2023

Literalmente y en espíritu.


Y me perdí,
literalmente y en espíritu.
Por un momento no supe donde estaba,
tú ya descansabas en el aprisco de sábanas;
yo no encontraba el camino de vuelta a mi habitación
y ya casi había desaparecido el de regreso a casa,
la otra casa,
la otra ciudad,
la otra vida.
Desde entonces
el pivote de mi corazón quedó varado en esta nada
a veces plácida y a veces turbulenta.
Sólo recuerdo aquel cruce.
Parar un instante bajo la lluvia, tan torrencial,
que desdibujaba los adoquines de la calle,
y con los ojos cerrados empaparme de aquella duda,
de aquel mar en suspensión y caída.
Ya no había motivo para correr.
el pasado era hojarasca y limo,
el presente demasiado permeable
y el futuro ¡ay, el futuro...! posiblemente esperando
en forma de rincón donde protegerme del aguacero
o de amable toalla tibia y seca.
Pero no me guarecí;
abracé la lluvia y me ofrecí al sacrificio.
Y aquí estoy deshecho, esparcido, disuelto.
Perdido
literalmente y en espíritu.


 ©® Enrique R. del Portal, 2023

domingo, 29 de enero de 2023

Oro en paño


Amo las cosas que me recuerdan a ti.
Esos pequeños objetos que, un día,
tuvieron contacto contigo y conmigo.
Las cuentas de una pulsera barata,
el pedazo de papel donde me escribiste
"eres más bonico que ná",
la fotografía que me robaste o que posé,
no recuerdo,
tan alegre en el centro del puente,
o las briznas de arena de playa
empeñadas en jugar aquella brillante mañana
a hacerte cosquillas en los labios.
Amo todas estas cosas que me llevan a tí
pero las cosas no saben que son  amadas
-como ya dijo Borges-
ni saben que mi amor existe.
Lo mismo que tú.
Y es lo que hace de este amor
y de esta absurda colección de objetos
algo tan triste.


 ©® Enrique R. del Portal, 2023


viernes, 28 de octubre de 2022

Teatro del Miedo


Hace unas semanas, en el post Sangre artificial, os contaba mi pasión por el cine de terror, que lógicamente se extiende a todo lo relacionado con el miedo y el misterio.  Así que no os extrañará que cuando era un chaval, envidiase a los jóvenes anglosajones que celebraban el 31 de octubre y hacían gala de toda esa iconografía a medio camino entre lo tétrico y lo naif que impregna la fiesta de Halloween.

Ahora que está terminando de arraigar esta costumbre en España, resulta que me pilla un poco perezoso o, digámoslo abiertamente,  un pelín mayor, para andar disfrazándome de Freddy Krueger, Demonio del Averno u Hombre Invisible, pero me encanta ver como lo hacen los más jóvenes y animados,  y me resulta tremendamente divertido, ayudar a mis sobrinos, que disfrutan asustándonos con sus disfraces pavorosos y sus maquillajes sangrientos.  Así que para participar de este teatro del miedo, compartí con mis conocidos de las redes sociales, un par de fotografías que aludían a mi gusto por las calaveras y las acompañé con mis deseos de pesadillas para todos.

Algunos respondieron con una broma parecida, otros con un susto virtual, y muchos no le prestaron ninguna atención. Pero hubo uno en particular, que respondió compartiendo  conmigo un escrito en el que se advertía de los graves peligros que conlleva celebrar Halloween, aludiendo a su naturaleza esotérica, mezclando datos históricos con otros que no tanto, y citando de forma salvadora pasajes de la Biblia.  Le respondí, en tono conciliador, que aunque no compartía sus creencias y opiniones (ya sabéis que no creo en ningún dios, ni en la trascendencia, ni comparto una percepción mágica del mundo) eso podía dar lugar a un interesante debate, que en apenas tres frases se vio truncado por el ataque de furia y soberbia que sufrió mi contertulio, cuando le iba intentando rebatir su exposición, y especialmente cuando aludí a su prejuicio,  dado por su fe religiosa. ¡Para qué quieres más! Resulta que me había permitido el lujo de juzgarle y ofenderle por sus creencias, cuando él había comenzado espetándome lindezas como que yo no apreciaba ninguna moral (por el hecho de no ser creyente) o insinuando que los que celebran Halloween son en mayor o menor medida adeptos a la brujería y potenciales adoradores de Satán (en el que tampoco creo) dispuestos a sacrificar inocentes niñas vírgenes.

Para los que no lo sepan pongámonos en antecedentes: Halloween es una fiesta, sobre todo arraigada en el mundo anglosajón de mano de los irlandeses y que tuvo cierta representación en el noroeste español, que proviene del Sanhaim celta y el Calan Gaeaf britano, fiestas de finales de octubre, en las que se celebraba el comienzo del año, se hacía recuento de las existencias para el invierno, y se homenajeaba a los ancestros, ahuyentando a los malos espíritus y atrayendo a los buenos, ya que consideraban que en esta fecha, la frontera entre los dos mundos se debilitaba. Más adelante está fiesta se mezcló con la  de la cosecha en honor a Pomona que celebraban los romanos en las mismas fechas. Y en los siglos VIII y IX los católicos trasladaron la festividad de Todos los Santos del 13 de mayo al 1 de noviembre para asimilar la fiesta pagana.

Es innegable el carácter mágico que tendría esta fiesta originalmente, y no es nada extraño, que los grupos de cultos más oscuros, se hayan desviado hasta el punto de realizar sacrificios humanos o cualquier otra tropelía. No me sorprende lo ignorante y salvaje que puede llegar a ser el hombre. Pero tampoco deja de sorprenderme la actitud de ciertos sectores de la iglesia católica, y de muchos de sus adeptos. Estamos viviendo una época convulsa, extraña, es cierto, y tenemos que reconocer que algunos valores se han perdido, pero parece que quisieran recuperarlos y afianzarlos restaurando normas y estructuras más propias de la edad media que del siglo XXI.

Y cuando hablan de conocimiento e iluminación frente a lo esotérico, de luz frente a la oscuridad, parecen olvidar que desde siempre, la iglesia católica, y la práctica totalidad de religiones, no han tenido ningún rubor en practicar los más brutales métodos para mantener la pureza de sus cultos. Que han sacrificado al menos miles de personas por razones únicamente de conciencia, y que no han tenido tampoco ningún escrúpulo en oponerse los innumerables avances y conocimientos que hacían mejor la vida del ser humano. Pero creo, desde mi punto de vista, que lo peor de ese pensamiento mágico y fanático, de los fundamentalismos religiosos, es la constante obsesión de buscar demonios, tentaciones, pecados, pesadillas y tabús para aterrorizar a las personas hasta el punto de inmovilizarlas, de despojarlas de un pensamiento crítico y crear individuos fáciles de manipular y que no objeten principios y órdenes descabellados. En el cuerpo humano, en los comportamientos sexuales no reconocidos por ellos como aptos, en el amor entre personas del mismo sexo, en el libre-pensamiento, en la división necesaria entre estado e iglesia, y tantas, tantas cosas más. Todo son amenazas.

También aducía mi creyente interlocutor, que la fiesta en cuestión era una colonización cultural, una invasión de una fiesta que no nos pertenece. Algo en lo que en principio estaríamos de acuerdo, pero le recordé la cantidad de fiestas que se traspasan de una cultura a otra, y que sólo es una cuestión de tiempo el que se identifiquen como propias. Le recordé la cantidad de festividades que los católicos han heredado; que es una religión eminentemente sincrética, aunque en verdad todas lo son. Cité por ejemplo, que la fiesta del nacimiento de Cristo, es heredada de Roma, y que es la celebración del Sol Invictus, que veneraba al sol renacido. O el Día de Reyes, que se instaura el día de la celebración del nacimiento del tiempo, Aión, de los antiguos helenos.  Incluso la fiesta sobre la que debatíamos, tiene su correspondiente versión cristiana, como os indicaba al inicio del post, la Fiesta de Todos los Santos. Por cierto, se me olvidó preguntarle si celebra el día de los enamorados.

Pero con todo esto no hice sino empeorar la situación y el humor de mi creyente amigo, que se sintió extremadamente ofendido por mis argumentos, que el consideró un ataque abierto y formal. He de reconocer que ya no sé cómo hablar con algunos conocidos sobre este tema. Casi siempre que argumentas en contra de una creencia religiosa te pones en una situación de atacante intransigente, víctima de la moda laicista que está devastando Europa. Laicismo, otro demonio que aterroriza las conciencias católicas. Ya huelo el azufre en casa.

Me reconozco admirador de la figura del papa Francisco I, aunque no crea en su dios, su mensaje parece conciliador, honesto y lleno de bondad. Y si es cierto lo que parece ser una ráfaga de nuevos vientos para la momificada institución vaticana, no le va a ser nada fácil romper la inercia de los últimos 2000 años. Ya se están oyendo voces discordantes en su propia iglesia. Esperemos que la historia no se repita, y no decidan acabar limpiamente con esta nueva amenaza de lo establecido.

Ahora que lo pienso, esta curiosa anécdota, podía haber dado pié, no a este post, sino a un buen relato de miedo, en el que un espíritu demoníaco poseyera a un incauto usuario de facebook por compartir la imagen de una sonriente calabaza… Todo se andará.

 

© Enrique R. del Portal, 2013-2022

 

lunes, 12 de septiembre de 2022

Música después de la música.

 

“Somos criaturas musicales de forma innata, desde lo más profundo de nuestra naturaleza.”

-Stefan Koelsch-

 

¿Es la música un invento del hombre o un descubrimiento? ¿Hay algo anterior y superior a nosotros en la música? ¿Trasciende del mundo de lo sensible?

Estas preguntas pueden parecer algo extrañas, aparatosas, hasta trascendentes, y yo que nunca he sido una persona dada al sentimiento religioso ni excesivamente espiritual, y no tengo fe en lo mágico o trascendente, llevo una temporada dándole vueltas a éstas y algunas semejantes, porque me va inundando la certeza de que la música, que forma parte tan importante de nuestra cultura, de nuestro bienestar y nuestros estados de ánimo, tiene una identidad propia, se da en la naturaleza, de manera independiente y hasta ajena, a la creación artística del hombre.

Intuyo muchas pistas, que me llevan a esta percepción del “hecho musical”. Aunque es innegable, que la música, en la forma que nos es familiar, responde a una creación consciente del hombre, que obedece a estudio de los sonidos en el tiempo (melodía) y en el espacio (armonía), a lo que hay que añadir el ritmo. Pero estos tres elementos aparecen en la naturaleza, a veces de forma aislada y a veces conjunta. Ya Pitágoras, nos explica la relación de la matemática con los intervalos naturales, la relación aritmética que hay entre las longitudes y tonos emitidos por la cuerda pulsada del monocordio, instrumento de una sola cuerda en el que realizaba sus investigaciones musicales.  Es innegable que esa relación de los armónicos de un sonido está ya en la naturaleza, y que estructura la construcción de la música.

Me inclino a pensar que las primeras expresiones musicales de la humanidad tienen poco que ver con lo que más tarde será el hecho cultural en sí. La teoría de la “musicalidad como forma de comunicación prelingüística”  de Steven Mithen aventura la posibilidad nada remota, de que la música era un recurso habitual de comunicación entre los Neardenthal, siendo tan importante o incluso más y anterior al lenguaje articulado.

Aún hoy en día en la ribera del río Amazonas se encuentra un pueblo de apenas 150 habitantes, llamado Pirahá. El idioma de esta tribu tiene unas características que lo hacen muy peculiar, como ser uno de los más simples que se conocen, contar con apenas 10 fonemas o carecer de tiempo pasado. Pero lo que más me llama la atención es que la articulación de esta lengua, es tanto hablada como cantada o silbada.

Los pigmeos tienen una lengua en la que los chasquidos forman parte de su articulación, sonidos que en principio nada tienen que ver con el lenguaje articulado tal y como lo entendemos, además de contar con un conocimiento muy particular de la polifonía, equivalente a la que se practicaba en Europa en el siglo XVII.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel desarrolla un sistema filosófico en el que las artes en general y la música en particular, tienen una posición privilegiada. Para Hegel la música ejerce de intermediario entre lo absoluto o esencial y lo temporal. Y es en esa mediación donde el espíritu humano encuentra su verdadera esencia. Precisamente por la ausencia de “semanticidad” del lenguaje musical, es por lo que la música puede acercarnos al espíritu, la idea de las cosas materiales.

Me llama mucho la atención, no sólo de forma personal, sino intentando objetivarlo, el tremendo poder evocativo que tiene la música. Un lenguaje que llega más allá de donde llega cualquier descripción, o cualquier imagen. Una vibración que lleva directamente al sentimiento más íntimo, que nos sobrecoge, o nos transporta a otro tiempo y otro lugar. No se me ocurre ninguna época en la que la música no haya acompañado al hombre, en su alegría y su tristeza, en su nacimiento, en su plenitud y en su muerte. Y curiosamente, todas esas emociones son causadas por músicas similares en culturas diferentes, aún sin haberla escuchado previamente.

Creo que durante el devenir de la historia musical, los distintos estilos y las diferentes sonoridades, no son sino un intento de la humanidad por alcanzar esa armonía primigenia que seguimos sin desvelar en su totalidad. Humanidad que “encuentra” la música en su entorno, y la doma para su uso.

¿Cómo podríamos explicar que, sin ser un recurso estrictamente necesario para la supervivencia, la música provoque en nuestro cerebro reacciones tan profundas como las producidas por determinadas sustancias, por el deseo sexual, o por instintos básicos, como la alimentación? ¿Que los patrones de ritmo y melodía aparezcan en los del lenguaje?, como señala José Fco Zamorano Abramson, en su artículo “La Música, ¿evolución del lenguaje de las emociones? No cabe duda de que la música aun no siendo imprescindible para nuestra supervivencia, proporciona un placer tan intenso, que influye directamente en nuestro comportamiento, tanto individual como social.

Sospecho que algo primordial se esconde en la relación de los sonidos, y es quizá por lo que éstos en la naturaleza; el canto de los pájaros, los sonidos de un bosque, el ulular del viento, los distintos rugidos de animales y hasta el latido de los corazones, son como pequeñas piezas con la que se construirá el arte musical. No es que el arte imite la naturaleza, es que el arte está en la naturaleza.

 

Os pido perdón por divagar de esta forma. Quizás es por la avanzada hora de la madrugada, o porque está sonando “Queda la Música” de Luis Eduardo Aute:

 

“Miro el instante que ha fijado
la fotografía,
ríes con la timidez de quien
le avergüenza la risa.
Quince años que sujeto entre mis brazos
al compás del último disco robado.
Nada queda en ese trozo de papel,
todo es alquimia;
veo que es la prueba más veraz
de que todo es mentira.
Esos rostros ya no llevan nuestros nombres,
son dos máscaras perdidas en la noche,
pero, queda la música...”

 

Si pudierais escuchar la melodía que acompaña estas palabras, quizá podríais evocar vuestros más tiernos recuerdos, del amor, de la amistad o de la infancia. Probad ahora a poneros aquella canción y viajaréis a lugares desconocidos, a tiempos olvidados. Donde sólo la música puede llevarnos.

 

© Enrique R. del Portal 2013-2022


Al pan bread y al vino wine.

Escribí este texto hace más de diez años, cuando todavía no éramos la tercera capital del mundo de producción de teatro musical, pero lejos ...